En la mesa del poder global hay puestos fijos y otros que rotan. La cabecera se reserva para Estados Unidos, líder supremo de Occidente y el superpoder de un mundo unipolar. Desde ese puesto privilegiado se flexionan los músculos del arsenal militar, se manejan las riendas del comercio y la inversión y se da cátedra sobre la expansión del modelo democrático a todas las esquinas. Este lugar tiene un micrófono con mayor volumen, con más amplificación y sin modalidad de silencio.
Al otro lado, por estos días, se sienta China. Poco a poco ha pasado de suplente a titular, a contraparte. China es hermética, oportunista y tiene las cartas tapadas. Todos saben que quiere expandir su influencia al resto de la mesa y del mundo, pero a su puesto no entra ni sale información, al menos nada muy confiable. Ocupa una silla cada vez más grande, hasta que nadie lo puede ignorar. Se entiende con todos pero nadie le entiende. Los demás intentan sacar tajada de la pelea con la otra cabecera, y pescar en el río revuelto de la competencia expansionista.
En un costado está Francia, convencida de que su historia imperialista, poderío militar, majestuosa cultura y sofisticada elocuencia compensan la debilidad política de su joven comensal, ahogado con los problemas internoss, pero ávido de transmitir valores universales al resto, que no entiende de ideas políticas. A su lado, la silla de Italia, arrimada, un colado, siempre representado por alguien distinto. Al otro, Alemania,
formidable, contundente y firme, mira cansada el reloj a ver si se puede ir rápido de la cena pero no tiene a quién dejar encargado. Sabe que si se levanta, se arma una pelotera y nadie agarra el timón. Inglaterra tenía puesto pero se paró de la mesa y hoy anda arrepentida y España fue relegada a la mesa de los niños.
Hay otros. Canadá a veces se siente olvidado porque no tiene líos gordos como los demás. Quiere ser escuchado pero no es ni suficientemente moderno ni tan rico ni tan emproblemado para dominar la conversación. La silla de Japón antes era más ancha, y causaba envidia que no tenía grandes conflictos. Con el tiempo se fue apagando hasta que nadie se acuerda como se llama el nuevo participante. A veces se sienta India, enorme, cerca de China y le cuenta todo lo que hablan de comercio a sus vecinos de Pakistán. Brasil tenía puesto unas veces, hasta que amenazó con desaparecer el Amazonas.
Afuera hay fila para entrar pero no tienen la pulsera indicada. Se instalan con los españoles disgustados para la mesa de los niños, que presiden los países escandinavos, que llegan en bicicleta. Saben más que todos y tienen soluciones a problemas globales, pero son tan pequeñitos que no les basta con ser ‘cool’. Están también los ‘bullies’, Turquía, Hungría y Polonia, que no están de acuerdo con nadie y quieren imponer sus reglas. Se enteran de los chismes por Rusia. A los mexicanos, tan simpáticos, no les interesa la comida ni los temas, y tratan de ignorar las quejas de los argentinos, a los que no les alcanza para pagar la cuenta y solo hablan de Messi. Los que mandan en la mesa de los niños, con su propia cabecera, son Corea y Singapur, que prefieren ser cabeza de ratón pero en realidad comen postre con los grandes. Australia se siente incómoda. Nadie la toma en serio, y prefiere no haber asistido. Tiene suficiente con su propia isla.
En ninguna parte hay puesto para Colombia. Aunque levante la mano en las asambleas, y trate de ser de algún grupo, nadie le pone atención. Tiene conocidos en ambas mesas, que le cuentan anécdotas, se toman fotos juntos y prometen invitarlos, pero nunca le acercan una silla. Ni tan problemática, ni tan grande, ni tan interesante, la miran ya no con la referencia de ‘narcos’, sino la de ‘Cien años de soledad’.
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