El río Sinú ha sido para el valle del mismo nombre lo que el río Magdalena representa para el occidente colombiano. Nace en el departamento de Antioquia, al pie del cerro Tres Morros, vecino del nudo del Paramillo, y recorre de sur a norte todo el valle del Sinú. Es de origen impetuoso y atraviesa diferentes poblaciones ribereñas antes de desembocar en la bahía de Cispatá, en el Golfo de Morrosquillo.
Al pasar por un costado de Cereté forma el caño Bugre y fluye hacia el norte hasta llegar a la ciénaga de Lorica, donde se encuentra nuevamente con el río Sinú. Desde niños, el río era nuestro pasatiempo diario: nos bañábamos desde la mañana hasta el anochecer. Mi mamá tenía que ir a sacarnos con una correa para llevarnos a comer, y luego volvíamos de nuevo al agua. Nos enseñó a nadar un señor al que llamaban ‘el Negro Pico’, un sastre que nos soltaba desde el puente metálico hasta el puente de madera del centro, sobre un trozo de madera que llamábamos ‘balsa’.
Las historias son innumerables. Nos bañábamos sin ropa y la dejábamos debajo de unos palos de almendra que crecían a la orilla del río. Mi mamá, cansada de rogarnos que nos saliéramos del río, un día se llevó nuestra ropa. Nosotros corrimos por la calle, que era larga, para llegar a la casa sin que nos vieran las vecinas. Fue santo remedio: en adelante le hicimos caso a la primera llamada.
Teníamos un perro callejero que adoptamos y llamamos Mumito. Le enseñamos a lanzarse con nosotros desde las ramas de los árboles y también desde el puente metálico. Mi papá nos lo había prohibido y nos amenazaba con una cueriza si nos tirábamos del puente, pero no le hicimos caso. Mi mamá tenía una muchacha que la ayudaba en la cocina, llamada Nicolasa, que era muy chismosa y le contaba todo lo que hacíamos.
Un día mi mamá la mandó a hacer una compra para el almuerzo y, al regresar, le dijo: “Niña Guille, en el mercado están diciendo que se ahogó un niño monito”. Mi mamá salió corriendo y gritando, dejando quemar la comida, pensando que era yo. Posteriormente me ausenté por varios años y solo iba en vacaciones. Me daba tristeza ver cómo el río se estaba muriendo, lleno de lodo, sedimentos, maleza y convertido en botadero de basuras.
Tras lluvias torrenciales durante casi siete días, el río volvió a llenarse de agua e inundó el barrio, las casas ribereñas y las calles. Este fenómeno de las inundaciones data de siglos atrás: la primera mención fue en 1831, según el profesor, poeta y escritor don Jaime Exbrayat, rector del colegio Liceo Montería, de origen francés pero más monteriano que el sancocho de carne salada y el mote de queso.
Recuerdo que la inundación de 1950 nos impidió salir de la casa durante una semana, y estas crecientes se han repetido año tras año. Los políticos y gobernantes de Córdoba aprobaron la construcción de la represa de Urrá, que supuestamente acabaría con las inundaciones, pero, como tantas promesas políticas, resultó falsa. La tragedia invernal sigue arrasando cultivos, carreteras y animales, sin que exista una medida efectiva por parte de los gobernantes.
Los cereteanos han tomado como un milagro que el caño Bugre haya renacido y amenace con salirse de su cauce. Pienso que es algo pasajero, porque el sedimento y la basura siguen allí y no ha habido un trabajo serio para limpiar el río de las amenazas que lo deterioraron. He visto en redes sociales fotos de jóvenes lanzándose nuevamente del puente metálico, como lo hacíamos nosotros hace más de 70 años. Amanecerá y veremos, porque no ha existido la voluntad política para solucionar la tragedia que vive mi bello pueblo de Cereté con nuestro sufrido y amado caño Bugre, que se asemeja a la obra de García Márquez, Crónica de una muerte anunciada.