Fito Páez, en su recordada y hermosísima canción ‘El amor después del amor’, nos dejó una enseñanza importante: que la vida nos invita siempre a resurgir de nuestras cenizas, y que cada nuevo paso que damos después de una situación difícil nos acerca mucho más a nuestra verdadera esencia. Para mí resulta inevitable hacer un símil entre lo que es ese éxito musical de época y lo que fue la carrera de Lionel Messi con la Selección Argentina, con la que el astro jugó su último partido el pasado martes ante una multitud en el estadio Monumental de Buenos Aires.
Luego de veinte años con la camiseta albiceleste, y de haber ganado todo lo que un futbolista puede aspirar a ganar con su combinado nacional (Mundial, Juegos Olímpicos, Copa América, Finalissima y hasta una Copa del Mundo Sub-20), Messi, con 39 años, decidió cerrar uno de los capítulos más hermosos de su vida, pero también uno de los más difíciles: encontrar el amor después del amor no siempre ha sido sencillo.
Durante muchos años, para una gran mayoría de los argentinos y del mundo, Messi era un futbolista exitoso en el Barcelona de España (donde también lo ganó todo, por cierto), pero un perdedor con su selección. Era visto como una figura parca, lejana y con una mochila pesada que le cargaban cada vez que Argentina fracasaba deportivamente: le decían que era un pecho frío, que no cantaba el himno, que no era un líder y que no aparecía en los momentos definitivos. A algunos les escuché decir, inclusive, que el problema de Lionel era que no tenía fortaleza mental para sobreponerse a las adversidades, algo que siempre me ha parecido un razonamiento ignorante a más no poder.
Porque, aunque resulte increíble, la mejor lección de vida que nos deja un futbolista de 1183 partidos, 934 goles, 433 asistencias y 49 títulos, es que para aprender a ganar, primero hay que saber perder.
Aunque muchos lo ignoren, el mejor futbolista de esta época ha convivido con la derrota desde que era pequeño, cuando varios clubes se negaron a tenerlo en sus filas y a pagar su tratamiento por déficit en la hormona del crecimiento. Y con Argentina, antes de su época más ganadora, perdió 4 finales, entre ellas la de la Copa América del 2016, en la que estuvo a punto de dejar de vestir de albiceleste. “Es increíble, pero no se me da”, dijo en aquella oportunidad con un rostro lleno de desazón, porque lograr un título con su selección le seguía siendo esquivo.
Hasta que llegó el amor después del amor: gracias al cielo que no se retiró, porque años después, al lado de otro sujeto inspirador y en su momento discutido como el técnico Lionel Scaloni, Messi llevó a los suyos a la gloria sudamericana y mundial, levantando todos esos títulos por los que tanto batalló.
Allí, en medio de tanta gloria, está la segunda gran enseñanza que nos dejó Messi: que un líder, muchas veces, no es el que más grita, sino el que más inspira. Porque en la albiceleste, tipos que muchos consideran ególatras como el Dibu Martínez, Rodrigo de Paul o Leandro Paredes, pusieron su energía en función de ver a Leo conquistar la gloria eterna, demostrando que un guía no es quien obliga a otros a que lo sigan, sino quien, más bien, logra que sean esos otros quienes sigan sus pasos por voluntad propia.
Muchos dicen que el cierre perfecto para su carrera con Argentina hubiera sido ganar el Mundial 2026, pero yo no estoy tan de acuerdo, porque la vida real no tiene guiones perfectos, pero sí tiene escenas inmaculadas, como las que nos dejó Messi jugando su mejor Copa del Mundo a los 39 años. Por eso, y con el peso de la nostalgia, ya no me pregunto qué será del amor después del amor, sino qué será del amor después de Messi.