La corrupción, la violencia, el narcotráfico y el despilfarro son males que agobian al país y a su gente.

Si bien es justo reconocer que estos males no empezaron con el presidente Gustavo Petro y que nos han venido afectando en materia social, económica y política desde hace más de cincuenta años, debo confesar que, de manera ilusa, antes del inicio del actual gobierno de izquierda pensé que por fin llegaría el momento de emprender un camino de combate real y permanente contra dichos males.

Hoy, por los hechos públicos que hemos venido conociendo en la Colombia urbana y rural, debo reconocer lo equivocado que estaba. Es posible que, por ese mismo camino, millones de personas más, al igual que yo, también lo estuvieran.

Considero que la corrupción, el despilfarro, la violencia y el narcotráfico son males que, cualquiera que sea el gobierno, junto con la población civil, debemos comenzar a disminuir, porque sencillamente son contrarios al derecho de las personas a vivir mejor y en tranquilidad; es decir, al derecho de gentes.

Por mi propia experiencia en los diversos cargos públicos que he ocupado, he aprendido que las personas debemos enseñar con nuestro ejemplo de vida y que, en el caso particular de Colombia, un país de regiones, los gobernadores departamentales y los alcaldes municipales son los mejores aliados que puede tener un presidente de la República.

Ellos, quienes al igual que el presidente y el vicepresidente de la República también son elegidos por voto popular, sean de izquierda, centro o derecha, constituyen aliados indispensables para gobernar mejor, por el conocimiento directo que tienen de los problemas que vive la población urbana y rural. Con ellos se puede iniciar un camino más sólido, junto con la población civil, de lucha contra la corrupción, el despilfarro, la violencia y el narcotráfico. Sobre todo, para entender que en los cargos públicos se gobierna para la gente y no para los amigos o copartidarios políticos.

También los caminos de la vida me han enseñado, en mis múltiples y diversas experiencias familiares, sociales y políticas, que aquellas personas que por una u otra razón son tolerantes con el delito, al final de cuentas pueden terminar prisioneras de este y, por más buenas intenciones que tengan en favor de la gente, su pasividad o complicidad terminarán afectándola y estimulando prácticas contrarias al propio Estado y en beneficio de los ilegales.

Asimismo, he aprendido que los nortes éticos de cero tolerancia con la corrupción, la violencia, el narcotráfico y el despilfarro no son propiedad de la izquierda, el centro o la derecha, sino que son patrimonio de la humanidad y, por lo tanto, de los valores democráticos universales. Deben ser incorporados en la práctica y en el accionar político de todo gobierno.

A esta altura de mi vida, cuando en octubre del presente año cumpliré ochenta años, debo manifestar que gozo con los éxitos de los demás y que es mi deseo, por el bien de Colombia y su pueblo, que el próximo presidente de la República nos enseñe con su ejemplo de vida que es posible, unidos en la diferencia, ir logrando una Colombia de cero tolerancia con la corrupción, la violencia, el narcotráfico, el despilfarro, la miseria, la contaminación ambiental y con todas aquellas personas vividoras que no tienen gobierno malo y que siempre están viendo cómo desangran al Estado.