Las noticias de las últimas semanas, dentro y fuera del país, apuntan a un mundo desbaratado: conflictivo, peligroso, incierto. Hay quienes anuncian el fin del mundo político tal como lo conocemos y predicen el fin de la democracia, de la economía tradicional, de la globalización. Puede sonar alarmista, pero los hechos aparecen con demasiada rapidez como para ignorarlos.
Los desencuentros entre países están al rojo vivo. Desde el intento de Donald Trump de apropiarse del territorio danes, Groenlandia, profundizando el distanciamiento entre Estados Unidos y Europa, hasta la decisión del presidente Daniel Noboa de abrir una guerra comercial entre Ecuador y Colombia, una jugada estratégica, copiada en las disputas comerciales de su aliado norteamericano, las reglas del juego han dejado de existir. A esto, por supuesto, se suman los conflictos abiertos entre Ucrania y Rusia, y la tragedia permanente en Gaza entre Israel y Hamás y otros. Los consensos se están evaporando, tanto dentro de los países como entre ellos.
La ilusión de un mundo integrado, basado en inversión, comercio abierto y cooperación, se creó tras la Segunda Guerra Mundial. De esa esperanza surgieron las instituciones globales, los acuerdos de seguridad como la Otan, creando una red de instituciones pensadas para garantizar estabilidad y previsibilidad. Hoy, ese andamiaje se desmorona a una velocidad alarmante. La OEA ha perdido rumbo y relevancia. Las Naciones Unidas ya no tienen fuerza real. Durante décadas, el sistema no fue perfecto, pero se sentía estable. Ni hablar de la relación entre Europa y EE.UU. La estabilidad histórica se rompió, y hay pocas señales de marcha atrás.
Tal vez el problema es más profundo: el sistema se agotó. La democracia, como la conocemos, no logró responder a las necesidades reales de los votantes ni erradicar la pobreza ni frenar la corrupción. La “solución”: se crearon gobiernos de extremos, tiranos sin contrapeso que llegan al poder por la vía del voto, autócratas de ambos lados que se amparan en una pseudodemocracia.
Las organizaciones internacionales, creadas para sostener la globalización y las reglas mundiales, se burocratizaron, se inflaron de funcionarios, perdieron eficacia y hoy resultan casi irrelevantes. Las alianzas son frágiles y transaccionales; los acuerdos, papel mojado.
Este es un momento de cambio, no de nostalgia del pasado. Los políticos y burócratas que añoran el orden posterior y creen que basta con remendar prácticas e instituciones viejas deberían hacerse a un lado. La extrema izquierda y derecha, el cierre de fronteras, las restricciones a la sociedad civil y el castigo al comercio internacional son apenas unas de las consecuencias de un sistema viejo que dejó de servir.
No se trata de volver atrás, sino de reinventar la política. De construir sistemas de gobierno y organizaciones internacionales que representen y sean el espejo de las realidades y necesidades de la vida actual. Donde manden los votantes de verdad, y donde el foco esté en los problemas urgentes: seguridad, educación moderna, buen uso de la tecnología, equidad, pero con oportunidades reales de trabajo, y acuerdos justos entre países para enfrentar desafíos que atraviesan las fronteras.
El sistema está viejo y hay que hacerse cargo de sus propios platos rotos. Ojalá la renovación que necesita el mundo escuche al pasado, pero urgentemente entienda el presente y se atreva por fin, a mirar hacia adelante.