A los cincuenta, uno nunca sabe con qué edad se va a despertar. Hay mañanas en que saltamos de la cama, hacemos ejercicio y pensamos que estamos en nuestro mejor momento. Otras, nos agachamos a recoger un zapato y necesitamos reconsiderar los planes del día. El cuerpo tiene una agenda propia.
Con la comida y el trago pasa algo parecido. Un martes, una copa de vino nos produce dolor de cabeza y un tomate nos arruina la noche. El sábado siguiente terminamos bailando hasta las tres de la mañana, convencidos de que deberíamos hacerlo más seguido. El domingo recordamos por qué no lo hacemos.
Los cincuenta son una edad difícil de clasificar. Nos parece joven alguien de sesenta y demasiado joven alguien de treinta. Podemos hablar con autoridad sobre una crisis internacional y pasar veinte minutos buscando los anteojos que tenemos puestos.
Nuestros hijos también están en una edad indefinida. Estudian, trabajan, viven lejos y tienen opiniones contundentes sobre el mundo. Hasta que necesitan comprar un tiquete de avión. O mandar una carta. Entonces llega la llamada que empieza con un “preguntica rápida” y termina con nosotros explicando dónde se escribe la dirección en un sobre. Se han vuelto sofisticados. Conocen restaurantes exóticos, marcas que nunca habíamos oído mencionar y destinos que nosotros descubrimos después de los cuarenta. Sus gustos avanzan bastante más rápido que sus salarios. Quieren independencia, pero agradecen que los acompañemos al médico, sobre todo si hay formularios. Del otro lado están nuestros padres. Algunos todavía nos preguntan si estamos comiendo bien; otros necesitan que les organicemos las medicinas, las citas y los días.
Mientras tanto, queremos trabajar. Tenemos experiencia, ideas, contactos y hasta ganas de montar una empresa. También queremos viajar sin mirar el correo, pasar una temporada en otra parte o quedarnos en casa un lunes sin dar explicaciones. Hemos ahorrado, pero hacemos cuentas y descubrimos que la libertad todavía necesita unos años de financiación. La jubilación aparece en las conversaciones como esos viajes que todos proponen y nadie reserva.
Y están las hormonas. Las mujeres podríamos escribir varios capítulos sobre el asunto, preferiblemente cerca de un ventilador. Los hombres también atraviesan sus cambios, aunque algunos prefieran atribuirlos todos al estrés. Entre calores, cansancio y susceptibilidades inesperadas, hay días en que convivir requiere sentido del humor y cierta distancia prudente.
Dormir se convierte en otro proyecto. A las tres de la mañana debemos estar todos despiertos, cada uno en su casa, haciendo cuentas o recordando algo que dijo en 1998. Podríamos organizar una reunión de compañeros de colegio a esa hora. Habría buena asistencia.
También empieza a cambiar nuestro lugar en el mundo tecnológico. Después de años de enseñarles a nuestros padres a usar el iPhone, ahora les entregamos el nuestro a los hijos para que encuentren una aplicación. Nos explican con una paciencia que reconocemos: es la misma que nosotros creíamos tener.
Pero esta edad trae cosas buenas. Buscamos el almuerzo, hacemos la llamada, organizamos el viaje. Ya sabemos cuánto puede cambiar una vida entre un “tenemos que vernos” y el siguiente. Las conversaciones se vuelven más sinceras. Podemos admitir que estamos asustados, que el matrimonio tiene dificultades, que el trabajo no salió como esperábamos. Escuchamos mejor porque hemos vivido suficiente para desconfiar de los juicios rápidos. Tenemos más paciencia con un niño que se demora y con un mayor que repite una historia.
Algunos nos acercamos más a la religión, al silencio, a la naturaleza. A los cincuenta y tantos seguimos queriendo hacer cosas por primera vez. Enamorarnos, aprender, bailar, cambiar de trabajo, conocer un país. Tenemos experiencia para calcular los riesgos y, por fortuna, todavía hay días en que no le hacemos demasiado caso. Solo procuramos que al día siguiente no haya que madrugar.