Llegué a la una y quince de la tarde a unas calles mayormente vacías, salvo vehículos oficiales y taxis. Cuatro vías cerradas alrededor del Arena de la Universidad Santiago de Cali anunciaban que esta ciudad vivía algo inédito: una posesión presidencial. Este extranjero asistió como observador, y creo que vale la pena reseñar cómo se vivió el proceso, desde la invitación hasta la salida.
La invitación llegó por WhatsApp, vía Cancillería, dirigida a mi nombre, y la asistencia se confirmó días después. El día del evento, en el primer anillo de seguridad se mostraba la invitación, una identificación y el mensaje recibido. Tres cuadras después venía un segundo anillo, y a lo largo del trayecto, policías apostados cada tres metros, una cadena ininterrumpida. Afuera del Arena, el registro fue ordenado, con múltiples puestos habilitados: verificaban el nombre en la lista y entregaban el boleto. El Arena estaba dividido en zonas con nombres propios; la mía era ‘Insula’, con asiento asignado. El recinto lucía moderno y organizado. Las personalidades internacionales ingresaban por la alfombra roja, y la prensa, solo con escarapela. El calor de la caminata era intenso; adentro, el aire acondicionado ayudaba, y buscamos agua en el espacio habilitado en la recepción.
El evento inició con el pase de lista y la instalación de la sesión del Congreso para la juramentación. Desde ahí hasta el ingreso del Presidente transcurrieron unas dos horas. Mientras tanto, Gianni Infantino, el Rey de España y Javier Milei llegaban y tomaban asiento. Entre los asistentes surgían consignas espontáneas de “firme por la patria” y hasta un “viva Carlos Suárez”.
Llegado el Presidente, los ánimos se avivaron. Llamó mi atención que no hubo música ni la producción a la que nos acostumbró la campaña. Ciertos momentos transcurrían en silencio o con aplausos, y eso revistió la posesión de una solemnidad mayor. Fuegos artificiales o himnos de campaña habrían sido demasiado.
Juramentado por Honorio Henríquez, el Presidente juramentó a Restrepo. La hija de cuatro años del Mandatario se robó el show paseándose, como corresponde a su edad, entre su papá, su mamá y unas amiguitas al pie de la tarima. Luego vino un detalle que este dominicano no pasó por alto. En mi país rige un concordato con la Santa Sede y la religión oficial es la católica. La Constitución colombiana de 1991 eliminó esa figura y estableció la libertad de cultos. Por eso, en la invocación hablaron un rabino, un pastor, el capellán y un sacerdote católico, en ese orden.
Pero el momento más alusivo al componente de showman que catapultó a De la Espriella llegó con su discurso. Se apartó del escenario y, cuando la agenda marcaba su intervención, su voz comenzó a escucharse sin que nadie supiera de dónde venía. Se encendieron los monitores y apareció en el Batallón Pichincha, al frente de los militares. El público aplaudía, particularmente en la mención del asesinato de Miguel Uribe y en los temas de seguridad.
¿Mi opinión? Un evento bien organizado. Cali se portó bien: se instaló al Presidente, sesionó el Congreso y los legitimadores de la comunidad internacional presenciaron un acto al nivel de calidad que se espera de Colombia. Salí por las mismas calles vacías de la llegada, sintiendo que esta ciudad acababa de pasar su prueba más visible.