En las últimas semanas, el gobierno del presidente Donald Trump ha intensificado su discurso sobre la necesidad de que Estados Unidos ‘se quede’ con Groenlandia. este territorio autónomo de Dinamarca debería ser anexado, pues así lo exigiría la seguridad nacional y estratégica de Washington. Incluso anunció en su red social, Truth Social, que impondría aranceles adicionales del 10 % a las importaciones provenientes de países europeos que respalden a Dinamarca y se opongan a los intereses de Estados Unidos. Las amenazas continuas de la administración Trump de comprar o tomar control de Groenlandia no solo han generado un rechazo profundo en Dinamarca y en el propio territorio autónomo —donde miles han salido a protestar recordando que la isla “no está en venta”— sino también una reacción coordinada de las capitales europeas. Emmanuel Macron afirmó que ninguna intimidación influirá en la política exterior francesa, “ni en Ucrania ni en Groenlandia”; el primer ministro sueco, Ulf Kristersson, aseguró que su gobierno “no se dejará chantajear por Washington”, y el británico Keir Starmer calificó la amenaza arancelaria como “completamente equivocada”. Ante esto, los líderes de la Unión Europea prometieron reunirse y responder de forma conjunta.
Estas tensiones no generan beneficios para Estados Unidos, especialmente si se considera la compleja geopolítica del Ártico y las estructuras de gobierno que regulan ese territorio. Según el Servicio Geológico de Estados Unidos, la región ártica alberga 1669 trillones de pies cúbicos de gas natural, 44 mil millones de barriles de gas natural líquido y 90 mil millones de barriles de petróleo —la mayoría costa afuera—, además de depósitos de oro, zinc, níquel, hierro y materiales de tierras raras fundamentales para la transición energética y cuya oferta China domina ampliamente. Este interés por los recursos se ve condicionado por las disputas limítrofes entre los países árticos, reguladas por la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, que otorga a los Estados firmantes derechos exclusivos sobre su Zona Económica Exclusiva de hasta 200 millas náuticas.
Los países con litoral ártico conforman el grupo conocido como los Arctic Five: Canadá, Rusia, Estados Unidos (por Alaska), y Dinamarca (por Groenlandia), además de Noruega. Junto a ellos participan Islandia, Finlandia y Suecia, además de 12 Estados observadores —entre ellos China, Japón e India— que, aunque reconocen la soberanía de los Arctic Five, mantienen intereses estratégicos propios. China, por ejemplo, opera una base científica en una isla noruega y dispone ya de un buque rompehielos moderno. Esta capacidad técnica es clave para entender por qué Washington insiste en la importancia estratégica de Groenlandia.
Como explica Tim Marshall en Prisoners of Geography, Rusia reconoce que la Otan controla, y podría bloquear, su flota báltica en el estrecho de Skagerrak. Algo similar ocurre con su Flota del Norte: a apenas 180 millas de mar abierto desde la península de Kola, los buques rusos deben atravesar el corredor noruego y luego aguas cercanas a Reino Unido, Islandia y Groenlandia para acceder al Atlántico. Durante la Guerra Fría, esa zona era la famosa ‘Kill Zone’ de la Otan, donde aviones, barcos y submarinos aliados rastreaban a la flota soviética. Por ello, Rusia ha invertido más que ningún otro actor en su presencia militar ártica. En 2012 ya contaba con la mayor flota mundial de rompehielos —32 en total, 6 de ellos de propulsión nuclear— y para 2025 ese número aumentó a 8. Además, mantiene 12 bases militares y 16 puertos de aguas profundas en la región. China, aunque con una presencia menor, opera tres rompehielos que pueden emplearse para actividades civiles y militares. Todo esto compromete los sistemas de radar que Estados Unidos y Canadá operan a través del Comando de Defensa Aeroespacial de Norteamérica (Norad), esenciales para su defensa continental.
A este panorama se suma el deshielo acelerado del Ártico, que está abriendo nuevas rutas comerciales durante los meses de verano. Estas reducen el tránsito entre Europa y China en al menos una semana y son aproximadamente un 40 % más cortas que las que pasan por el Canal de Panamá, además de recorrer aguas más profundas. Esto permitiría transportar más carga, reducir costos logísticos y disminuir hasta 1300 toneladas métricas de emisiones de gases de efecto invernadero por viaje. Para 2040 se proyecta que la ruta polar estará abierta al menos dos meses al año, lo que afectará directamente los ingresos del Canal de Suez y del Canal de Panamá. Controlar estas rutas, garantizar una presencia militar sólida y asegurar recursos energéticos y minerales explica el interés estadounidense en Groenlandia. El problema es que la solución que propone Trump es contraproducente.
En los últimos años, Dinamarca —de la cual Groenlandia es un territorio semiautónomo— ha profundizado su cooperación militar con Estados Unidos. El Parlamento danés aprobó recientemente una ley que permite nuevas bases estadounidenses en territorio danés, ampliando la capacidad de Washington para proyectar poder hacia el Ártico. Pero ese acuerdo podría revertirse si Trump insiste en anexar el territorio. Lo mismo ocurriría con la cooperación dentro del Arctic Five, donde Canadá y Dinamarca son aliados esenciales tanto para la seguridad regional como para disuadir las operaciones rusas y chinas. Ambos países han expresado su voluntad de fortalecer la coordinación militar, pero esa voluntad podría evaporarse si la administración estadounidense persiste en una postura maximalista y unilateral.
Finalmente, la Otan también podría resultar gravemente afectada. Como señaló recientemente The Economist, una crisis provocada por un intento estadounidense de anexar Groenlandia derrumbaría la confianza europea en el Artículo 5, la cláusula de defensa mutua que constituye la piedra angular de la alianza. Trump ha puesto en duda ese compromiso en repetidas ocasiones. Si estuviera dispuesto a vulnerar la integridad territorial de un aliado y desmembrar a un país europeo, ¿por qué acudiría en defensa de otro siendo desmembrado, por ejemplo, por Rusia?
Si el objetivo de Estados Unidos es fortalecer su seguridad nacional en el Ártico —algo necesario frente a Rusia y China—, debería profundizar su trabajo con la Otan y los países del Arctic Five, no confrontarlos. Solo una estrategia coherente, robusta y basada en un marco estratégico conjunto permitirá a Washington avanzar en la región. De lo contrario, no solo pondrá en riesgo la alianza militar más importante de la historia moderna, sino también su capacidad de competir en un Ártico donde Rusia lleva ventaja y donde Trump, hasta ahora, no parece tener una estrategia clara.
Twitter: @Mariocarvajal9C