El 3 de noviembre, los estadounidenses irán a las urnas para elegir la totalidad de la Cámara de Representantes, cuyo mandato es de dos años, y un tercio del Senado, cuyo mandato es de seis. Históricamente, estas elecciones de medio período funcionan como un referendo sobre el presidente de turno, en este caso Donald Trump, y el partido del presidente suele salir perdiendo. Según datos del American Presidency Project de la Universidad de California en Santa Bárbara, en 2022, en el medio período de Joe Biden, los demócratas perdieron nueve escaños en la Cámara, aunque sumaron uno en el Senado. En 2018, en la primera elección de medio período de Trump, los demócratas ganaron en términos netos 41 escaños y recuperaron la mayoría en la Cámara, mientras que los republicanos sumaron dos senadores y conservaron el Senado.

El panorama es más adverso para los presidentes en su segundo mandato, a quienes en la política estadounidense se les llama lame ducks: como no pueden reelegirse, su capital político se reduce. En 2014, en el segundo medio período de Barack Obama, los demócratas perdieron 13 representantes y 9 senadores. En 2006, con George W. Bush, los republicanos perdieron 30 representantes y 6 senadores. En 1986, con Ronald Reagan, perdieron 5 representantes y 8 senadores. La excepción reciente fue Bill Clinton en 1998, cuando los demócratas ganaron 5 representantes y no perdieron ningún senador.

La aprobación presidencial ayuda a explicar estas diferencias. En 2018, cuando Trump perdió la Cámara, su aprobación rondaba el 40 %, en medio de la investigación sobre la interferencia rusa en las elecciones de 2016. Hoy está en 38 % por temas como la guerra en Irán, que aumentó los costos de la gasolina y energía, al igual que por temas como su política migratoria. Según US Polling Data, esa cifra lo ubica entre los presidentes con menor aprobación al llegar a un medio período: cerca de Bush en 2006, que tenía 37 %, y por debajo de Obama en 2014, con 43 %; de Clinton en 1998, con 65 %, y de Reagan en 1986, con 65 %, cuyo escándalo Irán-Contra estalló apenas en la víspera de la elección. La misma fuente señala que, cuando la aprobación del presidente ha estado por debajo del 40 %, como en los casos de Bush en 2006, Gerald Ford en 1974, con 28 %, y Harry Truman en 1950, con 39 %, su partido ha perdido en promedio 52 escaños en la Cámara y 9 en el Senado. Aun si la aprobación de Trump subiera a un rango de entre 40 % y 44 %, las pérdidas promedio serían de 27 y 5 escaños, respectivamente. La historia no favorece a los republicanos.

Las razones de la caída de Trump son conocidas. La guerra en Irán elevó el precio de la gasolina y de la energía, a lo que se suman el aumento de los costos de salud y su política migratoria. Además, la población latina, que lo impulsó a la presidencia en 2024, se ha alejado de él, en parte por la incertidumbre sobre lo que ocurre en Venezuela. Según The Economist, la aprobación neta de Trump entre los hispanos está por debajo de -20 puntos. Por nivel educativo, es cercana a -20 entre quienes tienen educación media, está por debajo de -20 entre quienes tienen educación superior y llega a -40 entre quienes tienen posgrado. Por edad, es cercana a -20 entre los mayores de 65 años, está por debajo de -20 entre los 45 y los 64, ronda -30 entre los menores de 30 y -40 entre los 30 y los 44.

Los temas que definirán la elección tampoco lo favorecen. Según The Economist, la inflación es el principal tema para el 35 % de los votantes, y en ese frente Trump, según datos ponderados de Nate Silver, una analista estadístico importante en temas políticos de Estados Unidos, tiene una aprobación de apenas 24,2 %, con una aprobación neta de -47,5 puntos. En el manejo de la economía, segundo tema en importancia con 14 %, su aprobación es de 33,1 % y la neta, de -29,9. Incluso en inmigración, sexto tema con 6 %, la aprobación es de 42,2 % y la neta, de -11,8.

Este contexto explica por qué Texas, un bastión republicano, está en juego. Los demócratas no ganan allí una elección al Senado desde 1988. Hoy, su candidato, James Talarico, aventaja a su rival por 6 puntos en la encuesta de YouGovdel 5 de octubre, por 4 % en la encuesta del Trafalgar Group del 8 de octubre y 6 % en la encuesta de The New York Times/Siena College del 30 de septiembre. Parte de la explicación está en el candidato republicano, Ken Paxton, actual fiscal general de Texas. En 2023 fue sometido a un juicio político por miembros de su propio partido por presuntos sobornos, abuso de poder y obstrucción a la justicia. Sus propios altos funcionarios lo denunciaron ante el FBI por acusaciones de corrupción. Incluso fue imputado por fraude bursátil, aunque los cargos se retiraron después de que pagara 300.000 dólares en restitución y cumpliera servicio comunitario. Paxton es impopular incluso dentro de su partido: el senador republicano Thom Tillis, de Carolina del Norte, afirmó que “decir que Paxton tiene problemas éticos es como decir que Jeffrey Dahmer sufría un trastorno alimentario”. Aun así, el Partido Republicano le dio el aval como candidato al Senado y Trump le dio su apoyo.

Lo que está en juego en Texas va más allá de este año. Una victoria demócrata mostraría que el estado vuelve a ser competitivo de cara a las presidenciales de 2028 y 2032, algo que no ocurre desde que Jimmy Carter lo ganó en 1976. Y su peso electoral crecerá: por cambios demográficos, se espera que para 2032 Texas pase de 40 a 44 votos electorales, mientras que California y Nueva York podrían perder 3 y 2, respectivamente.

Todo indica que los demócratas obtendrán una victoria importante el 3 de noviembre y que podrían volver a competir, con opciones reales, en un estado clave para 2028 y 2032. Pero en política nada está escrito, y Trump se ha caracterizado por desafiar las encuestas. Aún faltan tres semanas.