Los seres humanos, a lo largo de nuestra existencia, con aciertos y errores, poco a poco hemos aprendido que no siempre se gana; que, así como se puede ganar, también se puede perder en los diversos escenarios de la vida, y que esas realidades son las que contribuyen a formarnos integralmente como personas. Por eso, un norte de vida que siempre debemos tener es que, así como en democracia debemos ser constantes en la batalla por desarrollarla y fortalecerla, también debemos ser generosos en las victorias.
Esas realidades son las que nos permiten aceptar lo que muy sabiamente nos decía el constituyente y gloria del fútbol colombiano Francisco Maturana: “Perdiendo también se gana”. A ello me permito agregar que, cuando se pierde, quienes han sido derrotados deben preguntarse: ¿qué fue lo que se hizo mal para que tal hecho sucediera?
Esa cualidad y sabiduría de los seres humanos es la que posiblemente hemos ido perdiendo en Colombia cuando, a todo nivel, predomina la falsa concepción de que en todo proyecto político, social o personal que emprendamos siempre debemos ganar o, lo que es más grave, que lo nuestro es mejor que lo de los demás, o peor aún, que para ganar todo vale.
En lo personal, cuando era joven, me tocó vivir la experiencia de la Unión Patriótica (UP) al lado de ese extraordinario líder que fue Bernardo Jaramillo Ossa, quien lamentablemente, debido a la intolerancia política que predominaba por entonces desde diversos sectores, fue asesinado por un sicario menor de edad en el Puente Aéreo de Bogotá el 22 de marzo de 1990. De esa dolorosa experiencia política y personal aprendí que en la vida debemos unirnos en la diferencia y aprender a rechazar y condenar la violencia, venga de donde venga o la ejerza quien la ejerza.
Las recientes elecciones del 21 de junio en Colombia, mediante las cuales elegimos un presidente y vicepresidente de la República, así como un senador y un representante a la Cámara, y, ante todo, los diversos hechos políticos que de ellas se desprenden, deben llevarnos a serenas reflexiones democráticas, tanto por parte de los ganadores como de los perdedores.
Una de ellas es que no podemos seguir por el camino de las descalificaciones, los odios o las intolerancias políticas y sociales, mucho más cuando la vida democrática continúa en Colombia en cada uno de sus municipios y departamentos.
En tal sentido, y como exgobernador del Valle del Cauca, me parece muy importante lo expresado públicamente por nuestro presidente electo Abelardo de la Espriella, en relación con gobernar desde las regiones y siempre en coordinación con los gobernadores departamentales, los alcaldes municipales y las comunidades realmente establecidas en dichos territorios.
Estoy seguro de que dicha concepción no centralista permitirá que todas las personas demócratas en las distintas regiones del país, más allá de la coyuntura electoral del pasado 21 de junio, la respaldemos sin prevenciones ni sectarismos políticos o sociales.
Por mi propia experiencia política, social y en los asuntos de Estado, estoy convencido de que dicha iniciativa puede convertirse en una valiosa experiencia institucional de presupuesto participativo y control político, en favor de la consolidación de un Estado de paredes de cristal y de unos principios éticos de cero tolerancia frente a la corrupción, el despilfarro, la violencia en todas sus manifestaciones y modalidades, así como frente a las desigualdades sociales, las contaminaciones ambientales y todas aquellas personas ‘vividoras’ que siempre ven al Estado como su vaquita lechera, tanto a nivel nacional como regional y local.
Como las elecciones del 21 de junio ya son historia patria y la vida continúa, solo le pido al Dios de los cielos que ilumine tanto a Abelardo de la Espriella como a José Manuel Restrepo para que entiendan que no son los voceros de ningún partido o sector político y que, por su condición de presidente y vicepresidente de la República, simbolizan la unidad y deseos de reconciliación de toda la población urbana y rural de Colombia.