¿Has pensado en cuál es la razón por la cual te levantas cada mañana? ¿Qué te hace feliz, qué es lo que vale la pena y que le da sentido a tu vida? A veces vemos tantas vidas llenas por fuera, pero vacías de dirección y de sentido por dentro. Vacías de lo que el médico psiquiatra Enroque Rojas llama “arquitectura interior”.
El doctor Rojas insiste en una idea: La vida lograda no se improvisa. Para Enrique Rojas, una vida psicológica y afectivamente madura necesita una arquitectura interior. Esa estructura se sostiene, por un lado, en la personalidad, la afectividad, el trabajo y la cultura —la tetralogía del proyecto personal— y, por otro, en los cuatro grandes argumentos de una vida lograda: amor, trabajo, cultura y amistad. En este enfoque, la felicidad no es una emoción pasajera, ni una suma de placeres, sino el resultado de construir un proyecto de vida coherente, realista y trabajado con voluntad.
Lo que quiere decir es que la vida humana no se sostiene solo con éxito profesional, ni con trabajo duro; tampoco solo con amor o con buenas ideas; ni solo con temperamento. Se sostiene cuando estos cuatro argumentos o dimensiones -personalidad, amor, trabajo y cultura- conversan entre sí y se ordenan alrededor de un propósito.
La propia forma de ser es el punto de partida. Cada persona llega con un carácter, historia, heridas, fortalezas y tendencias; y madurar emocionalmente es aprender a manejar todas estas cosas; conocerse y educar el carácter para que este no lo gobierne a uno. Quien no domina su carácter termina obedeciendo sus impulsos.
La afectividad es otro gran panel de esa arquitectura interior. Allí están los vínculos, los miedos, los deseos, la manera de amar y de ser amado. Buena parte de la felicidad o de la desdicha de una persona se juega en ese territorio. Hay quienes triunfan por fuera, pero viven emocionalmente a la intemperie; quienes acumulan logros, pero no saben sostener una relación, pedir perdón, agradecer, permanecer o cuidar. La madurez afectiva no es intensidad permanente, sino capacidad de amar con profundidad, libertad y responsabilidad.
El trabajo, por su parte, no debería reducirse a una fuente de ingresos o a una tarjeta de presentación. En una vida con estructura, el trabajo es una forma de desplegar talentos, de servir y aportar en la transformación del mundo. No todo trabajo será ideal, pero cada persona debería poder sentir que una parte de su esfuerzo diario sirve para algo mucho más grande que la mera supervivencia.
La cultura completa esa tetralogía de la que habla Enrique Rojas, porque ensancha la mirada. Leer, pensar, conversar, el arte, viajar, conocer la historia, hacerse preguntas o cultivar ideas impide que la vida se vuelva plana y es una defensa contra la superficialidad. Una persona sin mundo interior queda demasiado expuesta al ruido exterior; cree más fácilmente cualquier consigna, se deja llevar por cualquier moda y confunde novedad con verdad.
Hay un argumento que el doctor Rojas trae a la discusión y que dice es fundamental como parte de la vida y es la amistad. Bien vale la pena traerlo a esta reflexión sobre lo que vale la pena y es que no tengo duda que los amigos son fundamentales en la estructura de lograr una existencia verdaderamente feliz.
En conclusión, la felicidad se logra cuando logramos una vida estructurada, coherente y con valores, y no cuando la sustentamos en emociones pasajeras. Una vida en la que uno puede mirar lo que hace, ama, piensa y entrega, y reconocer allí una cierta unidad. En últimas es hacer, con la vida propia, algo que merezca la pena y nos haga sentir paz y orgullo.