El presidente electo Abelardo de la Espriella escogió Medellín para anunciar que su gobierno despachará desde tres sedes: Bogotá, Barranquilla y Cali. El detalle no es menor. Que la noticia se diera desde una ciudad que no figura en la lista dice casi tanto como la lista misma: la atención del Ejecutivo entrante ya empezó a moverse fuera de la gravedad bogotana, y lo hace antes incluso de la posesión del 7 de agosto.

Conviene precisar qué es y qué no es este anuncio. Las tres sedes no transfieren competencias, ni recursos, ni autoridad. Ningún alcalde ni gobernador del suroccidente amanecerá con más poder. Lo que cambia es otra cosa, menos visible pero no menos real: la fila. Es decir, cuáles problemas logran ser vistos como problemas por quienes tienen a mano el Tesoro de la nación y el poder conjunto de sus ministerios.

Desde que llegué a Colombia y comencé a hacer vida entre su gente, pocas cosas me impresionaron tanto como la fuerza de las identidades regionales, de los paisas a los pastusos, de los rolos a los costeños. Esa fuerza tiene historia institucional. Cuando trabajé con la politóloga Tulia Falleti en Penn, acompañándola en su investigación sobre descentralización en América Latina, aprendí a clasificar estos procesos según lo que mueven: poder político, recursos fiscales o cargas administrativas. En Decentralization and Subnational Politics in Latin America (2010), Falleti muestra que el orden importa. Donde la legitimidad política llegó primero, como en Colombia con la elección popular de alcaldes estrenada en 1988 y consolidada en la Constitución del 91, los gobiernos locales salieron fortalecidos. Donde llegaron primero las cargas administrativas, como en Argentina, salieron ahogados.

¿Y las tres sedes? No mueven ninguna de las tres cosas. Mueven algo para lo cual ese marco no tiene casilla: la atención. Eso, más que una objeción, es lo interesante del anuncio. Porque la presencia cambia la agenda. No es lo mismo viajar a Bogotá a cabildear el tren de cercanías que cruzar la ciudad hasta una sede de gobierno en Cali. No es lo mismo reunirse con Invías en un piso ministerial de la Carrera Séptima que hacerlo a dos horas de Loboguerrero. Un ministro que despacha desde aquí ve el corredor del Pacífico, el puerto de Buenaventura y el Distrito de Aguablanca como asuntos vivos, no como renglones de un documento. Aún no sabemos cómo va a operar esta arquitectura de tres cabezas, y habrá que observarla con lupa. Pero, ceteris paribus el orden institucional del país, es la mayor oportunidad que ha tenido esta región en décadas de estar en el campo visual del poder central.

La pregunta de fondo, entonces, no es qué hará el gobierno con Cali, sino qué haremos Cali y el Valle con cuatro años de ser vistos. La atención es un recurso que vence, y la región que fue a mediados del siglo pasado el principal motor económico del país tiene ahora la ocasión de reclamar ese lugar con proyectos concretos sobre la mesa. Desde este diario pondremos nuestro granito de arena, en seguimiento a los Diálogos por el Valle y a la cobertura de todo el Suroccidente, para que la vitrina no se desperdicie. Bienvenido a Cali vé, Presidente.