En un país lleno de odio como es el nuestro, lo único que calma ese sentimiento negativo es el amor que todos profesamos por la Selección Nacional de Fútbol, que logra el imposible de que un guajiro ame a un habitante del Putumayo, porque ambos tienen el denominador común del afecto por el equipo en cuyo uniforme están los tres colores de la bandera patria.

Yo fui uno de los que creímos como verdad revelada que el equipo que competía en este Mundial en las canchas de México, Estados Unidos y Canadá, llegaría a la instancia final y que James Rodríguez alzaría la copa del campeonato.

Estimo que todos mis compatriotas veíamos la misma imagen del capitán Rodríguez alzando el ansiado trofeo, y no se aceptaba ni siquiera en gracia de discusión que entre los 48 equipos convocados hubiera uno con mejores títulos que el colombiano para llegar a la final ganando los ocho encuentros necesarios.

Llegamos a juzgar que Camilo Vargas era un portero superior a esa maravilla que presentó el equipo egipcio; que la zurda de James era superior a la de Messi; que Lucho Díaz es el mejor extremo del mundo; que Daniel Muñoz y Davinson Sánchez no tienen rivales como defensores; y que Néstor Lorenzo es el mejor entrenador.

En ese convencimiento, más generado en el deseo que en la realidad, llegamos a pensar que, por haberle hecho buenos partidos a Ghana, a Congo, a Uzbekistán y a Portugal, pasaríamos por encima de todos los demás. Pero cuando a Colombia le plantó cara un equipo que sabe jugar al fútbol, con esos jugadores suizos que no nos dejaron ver el balón, tuvimos que caer en la cuenta de que los nuestros no eran tan imbatibles como los calificábamos en nuestros optimistas sueños.

De pronto fue bueno que los helvéticos nos mandaran de regreso a casa y así no tuvimos la tristeza de vernos enfrentados a Francia, a Inglaterra, a Noruega y Argentina, que nos habrían dado unas muendas tremendas.

En medio de tanta violencia como la que hemos vivido y como la que viviremos en los próximos años, debemos agradecer a Lorenzo y sus muchachos que nos hicieron olvidar la tragedia colectiva y nos llenaron de esperanza al hacernos creer que los jugadores criollos eran la cereza del pastel.

Yo adoro el fútbol y me da lo mismo gastar horas de mi vida viendo un encuentro de dos equipos mediocres del rentado nacional que un clásico europeo con el Bayer Múnich y su estelar Lucho contra Real Madrid. Mis afectos europeos transitan entre el cuadro alemán y el Atlético de Madrid, porque siento una alta dosis de cariño por Lucho Díaz y por Diego Simeone.

El fútbol tiene la ventaja que siempre brinda la oportunidad de reaparecer y por eso los colombianos ya debemos empezar a imaginar lo que será la Copa Mundo en 2030, a la que habrá que llevar un conjunto totalmente renovado, en el que ya no estará James Rodríguez, quien durante los últimos diez años fue el referente máximo del equipo nacional.

Y volveremos a tener esperanzas, y volveremos a creer que los nuestros son las más consagradas figuras del balompié universal, y que, si no está Lorenzo en la dirección técnica, la Federación contratará a Carlo Ancelotti, que nos conducirá al triunfo final.

Cuando uno saca la cédula y ve que han pasado casi 92 años desde el nacimiento en Tuluá, considera que es dudoso estar presente en la nueva competencia orbital, pero si Dios me concede esa gracia, ahí volveré a creer que ningún equipo es mejor que el nuestro.