La imagen es tremendamente poderosa y, quizás por ello, le dio la vuelta al mundo: la selección de Japón, con su técnico Hajime Moriyasu al lado, minutos después del pitazo final en el partido contra Brasil que los dejó por fuera del Mundial, buscó un lugar de la cancha para anotarse un ‘golazo’ que, quizás, no cambió el marcador, pero sí dejó una lección para la vida.
Entonces ocurrió el gesto que terminó de explicar la escena. Juntos, frente a su hinchada, hicieron el ojigi, una inclinación tradicional japonesa que convierte el cuerpo en el primer lenguaje cuando las palabras no alcanzan. Con la cabeza abajo, como una especie de venia, les dijeron a quienes habían cruzado el mundo para acompañarlos: gracias y, sobre todo, perdón.
La señal de gratitud, de reconocimiento y de aceptación al asumir la derrota fue aplaudida desde la tribuna y dio lugar a múltiples publicaciones que buscaron explicar la esencia de un momento tan bello, entre tantos que deja el torneo.
El ojigi cuenta con tres variaciones: si la inclinación es de 15 grados, su nombre es Eshaku y se usa para saludos casuales; si es de 30 grados, implica una mayor formalidad y se utiliza para saludar a superiores, clientes o al entrar y salir de una reunión; su nombre es Keirei. Y si la inclinación es profunda, de 45 grados, como la que hicieron los jugadores japoneses, estamos hablando del Saikerei, reservado para ocasiones especiales, para pedir disculpas sinceras o demostrar el máximo respeto.
En síntesis, la reverencia ojigi de la selección japonesa ejemplifica el respeto, la gratitud y la humildad arraigados en su cultura, heredados del código samurái. Este gesto, que prioriza la consideración hacia el otro sobre el ego, refleja una forma de liderazgo y de afición basada en la responsabilidad colectiva y la integridad.
Quizás por eso conmueve tanto, porque nos recuerda el inmenso poder de expresar gratitud, de reconocer la derrota, de dejar un manto impecable sobre una actuación, resumido en un instante de reverencia y humildad. Algo que vimos también en decenas de imágenes de hinchas con bolsas azules recogiendo la basura de los estadios y en las camisetas dobladas y ordenadas de sus jugadores, en los camerinos.
Hemos confundido la humildad, creyendo que consiste en pensar menos de uno mismo, cuando su esencia nos recuerda el lugar que los demás ocupan en nuestra historia y el lugar desde donde elegimos contar la nuestra. Entonces, cuando aparecen las derrotas, cuando la vida nos pone en situaciones difíciles, muchas veces elegimos reaccionar con insultos, desaprobación, rabia desbordada en palabras y gestos, antes que darnos una pausa sencilla para pensar con cabeza fría y entender cómo elegimos afrontar ese momento y salir de él.
Ahí es donde está el corazón de la imagen que inspira esta reflexión: ¿somos capaces de asumir la derrota con humildad y responsabilidad colectiva? ¿Damos las gracias y expresamos gratitud a quienes nos creyeron y acompañaron, con una reverencia que sea recordada? ¿Entendemos el valor de la educación para la vida y el poder de construir una cultura que antepone el orden al caos? ¿Asumimos el liderazgo tanto en la victoria como en la derrota, y permanecemos al lado de nuestro equipo?
Porque al final los partidos pasan, pero los momentos memorables quedan. Los japoneses llevan siglos enseñando que una reverencia jamás disminuye a quien la hace y que agradecer nos hace grandes. Quizá esa sea la victoria que permanece cuando el marcador deja de importar.
@pagope