Por: Pbro. Héctor Fabio Fernández O., delegado episcopal de Comunicaciones.
El pasaje de Juan 20, 19-23 nos sitúa en el corazón de la experiencia pascual. Los discípulos, encerrados por miedo, reciben la visita del Resucitado. Jesús se presenta en medio de ellos y pronuncia palabras que atraviesan la oscuridad: “La paz esté con ustedes”. No es un saludo cualquiera, sino el don pascual que transforma el miedo en confianza y la tristeza en esperanza. La paz que Cristo ofrece no depende de circunstancias externas, sino que brota de su victoria sobre la muerte.
El gesto de mostrar las manos y el costado recuerda las heridas de la cruz. Esas marcas no desaparecen, sino que se convierten en signos de amor y fidelidad. Los discípulos reconocen al Señor en sus llagas glorificadas, y su alegría nace de saber que el crucificado es el mismo que ahora vive para siempre. La resurrección no borra el sufrimiento, lo transfigura.
Jesús sopla sobre ellos y les comunica el Espíritu Santo. Este gesto evoca el soplo creador de Dios en el Génesis y anticipa Pentecostés. El Espíritu es fuerza de vida nueva, que capacita a los discípulos para salir de su encierro y anunciar el Evangelio. La misión que reciben está ligada al perdón: “A quienes les perdonen los pecados, les quedarán perdonados”.
La comunidad pascual se convierte en instrumento de reconciliación, llamada a sanar heridas y abrir caminos de misericordia. Este texto nos invita hoy a dejar que Cristo entre en nuestros propios “cuartos cerrados”: los miedos, las culpas, las dudas; su paz nos libera, su Espíritu nos impulsa y sus heridas nos recuerdan que el amor verdadero siempre deja huella. Ser discípulos del Resucitado significa ser portadores de paz y testigos del perdón en un mundo que necesita reconciliación. Así, la Pascua se hace presente en nuestra vida cotidiana.