En mis años universitarios todas las tardes compraba –era vespertino- El Espectador, en cuyas páginas editoriales aparecía la columna de Eduardo Zalamea Borda, conocido como Ulises en el mundo periodístico. En sus textos vertía el escritor bogotano sus conceptos sobre lo que sucedía en ‘La Ciudad y el Mundo’, como titulaba sus escritos.
Por aquellas calendas apareció como colaborador del diario capitalino quien después sería galardonado con el Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, que le ha dado más gloria a Colombia que todos los demás próceres juntos, pues la humanidad entera cuando escucha el nombre de nuestra patria piensa de inmediato en ‘Cien años de soledad’, aunque a mi parecer prefiero ‘El amor en los tiempos del cólera’, porque ningún novelista de los tantos que he leído aborda el tema del amor como el vivido por Florentino Ariza y Fermina Daza.
Zalamea incorporó como cronista a García Márquez en donde, con su prosa magnífica, el ilustre hijo de Aracataca empezó a distinguirse como el gran escritor que llegó a ser, y es de recordar el ‘Relato de un náufrago’, que en quince entregas del diario contó la aventura cinematográfica del grumete que cayó al mar y estuvo varios días a la deriva asido a un madero, rodeado de tiburones.
El Espectador fue fundado por don Fidel Cano en Medellín en 1887, en plena Regeneración nuñista, y de ahí en adelante tuvo que soportar persecuciones sin cuenta de la derecha colombiana, que detestaba la línea editorial del diario, cuyo lema era y sigue siendo “El Espectador trabajará en bien de la Patria con criterio liberal y en bien de los principios liberales con criterio patriótico”.
Soy testigo de los dramas vividos por el periódico de los Cano. Fallecido el fundador, asumió la dirección su hijo Luis Cano, quien la ejerció por 20 años, cuando fue sucedido por su hermano Gabriel. A éste le siguió Guillermo Cano, asesinado por orden de Pablo Escobar el 16 de diciembre de 1986. Luego el mismo capo dinamitó las instalaciones del periódico. El 6 de septiembre de 1952 sufrió el incendio de sus oficinas y talleres, fecha en la que el gobierno conservador presidido por Roberto Urdaneta Arbeláez autorizó ese crimen, que también causó los destrozos de la sede de la Dirección Nacional Liberal, de El Tiempo y las residencias de los jefes liberales Alfonso López Pumarejo y Carlos Lleras Restrepo, que obligó a ambos a exiliarse.
Por esa misma época una editorial publicó diez novelas colombianas, entre ellas ‘Cuatro años a bordo de mí mismo’, de Eduardo Zalamea Borda, a la sazón subdirector de El Espectador. Supongo que las leí todas, pero en estos días pretendí leerla de nuevo, pero fue imposible encontrarla en mi biblioteca. Una persona cercana tuvo la buena idea de obsequiármela y tengo que declarar que no han pasado mis ojos por un texto tan bellamente escrito como este de Zalamea, que yo podría calificar como una novela escrita no en prosa sino en poesía de altísima calidad.
Se trata del viaje que hizo el autor a La Guajira de 1930 a 1932, siendo muy joven, pues había nacido en Bogotá el 15 de noviembre de 1907, y describe allí lo que fue su vida en ese territorio olvidado de Colombia, en donde trabajó en la salina de Manaure, compartiendo sus días con hombres y mujeres indígenas y enfrentando toda clase de peligros.
Rindo este homenaje a quien fuera uno de los grandes intelectuales colombianos, el ilustre Eduardo Zalamea Borda.