Hace un año advertí que uno de los principales errores de la política energética del anterior gobierno había sido no reactivar los proyectos piloto de fracking, suspendidos en marzo de 2022 por decisión judicial, porque el país se quedó sin la información científica necesaria para decidir si esta técnica podía desarrollarse de manera segura y rentable. Hoy, ante la escasez de gas natural, esa discusión es todavía más urgente. Colombia debe desarrollar los yacimientos no convencionales si los estudios demuestran su viabilidad, pero sin caer en la ilusión de que el fracking resolverá el déficit de los próximos dos o tres años.

La experiencia internacional obliga a ser realistas sobre los plazos. En Estados Unidos, desde los años 80 del siglo pasado se empezó a explorar el gas de esquisto, pero solo décadas de investigación y mejoras tecnológicas lograron una producción de gran escala a partir de la primera década de este siglo.

En Argentina, el desarrollo de Vaca Muerta fue más rápido, gracias a la experiencia internacional y a tecnologías ya probadas. Los primeros pozos de gas se perforaron en 2010 y el primer pozo horizontal se hizo en 2011. Sin embargo, aumentar la producción hasta los 600.000 barriles diarios exigió más de 10 años de inversión, aprendizaje y construcción de infraestructura.

Los expertos que estudian la producción de gas en la formación La Luna, en Venezuela, señalan los desafíos para llegar a una comercialización del gas. No basta con saber que existe una roca generadora de hidrocarburos. Hay que identificar las zonas de mayor productividad, conocer sus características geológicas y geomecánicas, probar las técnicas de perforación y fracturamiento y determinar la disponibilidad de agua, capital e infraestructura.

Colombia puede tener una curva de aprendizaje más rápida: conoce buena parte de su geología petrolera, dispone de una industria con experiencia y puede acceder a tecnologías existentes. Por eso es razonable pensar que podría avanzar un poco más rápido en las primeras etapas. Pero una cosa es perforar un pozo y otra demostrar que los yacimientos producen suficiente gas, de manera rentable y sostenida, para justificar una explotación comercial a gran escala.

A los retos técnicos se suman los ambientales y sociales: riesgos de contaminación del agua, emisiones de metano y otros, que son manejables, pero dependen de las condiciones geológicas y de la calidad de la tecnología, la regulación y la vigilancia. También es indispensable escuchar a las comunidades, garantizar su participación y establecer mecanismos transparentes de seguimiento y reparación.

Precisamente por eso eran necesarios los dos Proyectos Piloto Investigativos que comenzaron a desarrollarse en 2021 -Kale y Platero-. No se trataba de autorizar de inmediato una explotación masiva, sino de producir la información que permitiera decidir con fundamento científico. Al suspenderlos, Colombia perdió tiempo y la oportunidad de avanzar en ese conocimiento, por lo que ahora es urgente acelerar una evaluación rigurosa, con independencia científica, monitoreo público y participación comunitaria, que permitirá tomar decisiones basadas en evidencia y no únicamente en posiciones ideológicas

Pero no podemos alimentar la ilusión de que el fracking nos vaya a servir para resolver la escasez actual, porque en el mejor de los escenarios solo producirá volúmenes significativos de gas en el 2030, es decir, al mismo tiempo que los proyectos costa afuera, como el campo Sirius, que también fue demorado por exigencias exageradas de consultas previas y licencias ambientales.