Columnistas
Las huellas del primer jefe
Me enseñó que la edad no es óbice para soñar ni para amar. Que reír es el mejor remedio para el alma. Que todo lo que se proyecta requiere pasión y convencimiento.
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17 de oct de 2026, 11:23 p. m.
Actualizado el 17 de oct de 2026, 11:23 p. m.
Si los jefes supieran cuán honda es la huella que dejan en quienes comienzan a trabajar bajo su dirección, se esmerarían en dejar una impronta de calidad humana y eficiencia, pues esa marca es imborrable.
La razón es lógica: es el primer encuentro del joven con su vida laboral, pues solo había conocido la académica. De otra parte, es el primer contacto con el concepto de autoridad fuera del hogar. Se sustituye el padre, a quien evaluamos duramente, y aparece en la empresa el jefe, el otro detentador de poder a quien debemos obedecer.
Pero como seguimos siendo críticos en la juventud, les analizamos su forma de trabajar, de mandar, de pensar, de evaluar y como ese jefe es un ser humano, queda difícil separar la persona del directivo. Es así como sus modales, su vida familiar, su humor y su filosofía de vida terminan siendo motivo de admiración o de repudio por el joven. Algunos de estos toman el peor camino: ser tan perversos o corruptos como vieron que eran sus jefes. Otros se inspiran en sus cualidades de buenas personas y eficientes trabajadores.
Esta reflexión la escribo porque ayer partió a la eternidad mi primer jefe: Édgar Materón Salcedo, a los 99 años de edad. Fue quien me dio la oportunidad inicial de trabajar en el Banco de Bogotá en el programa de profesionales en entrenamiento y desde allí, recibí su confianza para crecer en la entidad financiera en diferentes cargos hasta llegar a la Gerencia de Zona. Seguramente yo no habría sido Secretario de Hacienda de Cali si no hubiera tenido esa vida bancaria de once años, y así la vida ha sido un encadenamiento de oportunidades conectadas cada una al trabajo anterior, pero siempre cimentadas en el eslabón inicial: el trabajo en el Banco y con un jefe como Edgar Materón.
Allí aprendí que se puede mandar sin ofender; a confiar, pero a evaluar permanentemente la delegación; a leer los balances, pero también el alma de los accionistas y directivos de las empresas; a no ser indiferentes frente al sector público y a la política, pues la suerte de las empresas y de las personas tiene que ver con el desarrollo regional, luego hay que apoyar la gente buena que hace política. Ser vergonzante frente a la política es un despropósito.
Me enseñó que la edad no es óbice para soñar ni para amar. Que reír es el mejor remedio para el alma. Que todo lo que se proyecta requiere pasión y convencimiento. Que ser amigo no es inconveniente para ser subalterno ni jefe. Que la familia es lo más importante que se tiene y que ser buen hijo, buen padre, buen hermano, es parte insustituible de conformarse como un ser humano integral. Que la importancia no está en el cargo ni en el título, sino en el servicio que cada persona preste desde esa posición. Y que al final de la vida, si se ha sido buena persona y ejecutivo con logros y con alumnos fieles, no se conocerá la soledad ni el abandono.
Al recordarlo con tanta admiración y gratitud, el mejor tributo es multiplicar la semilla de la sencillez, el servicio y la pasión en cada causa. Me cuenta Gloria Mercedes, su hija, que hace dos días, en la UCI, le dijo: “Apenas me recupere, retomaré el propósito de darle a Buga un gran hospital con el apoyo de una caja de compensación familiar importante, donde tengo buenos amigos”. Así vivió hasta el final de sus 99 años.
Vicepresidente del Banco de Bogotá, donde fue tal su importancia que manejaba desde Buga el Occidente, que comprendía de Caldas hasta Nariño; Secretario de Hacienda de Cali y del Valle; presidente de la Plaza de Toros de Cali, miembro de muchas juntas, pero ante todo un ser humano fuera de serie que dejó huella indeleble en muchos alumnos, quienes hoy lamentamos su ausencia y agradecemos su impronta.
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