Fue una chévere coincidencia el estar en USA en vísperas del día de Halloween, o en el denominado mes de las brujas, con su celebración cumbre del 31 de octubre. Es una experiencia sorprendente comprobar cómo la cultura estadounidense se transforma en torno a esta fiesta. Hasta el punto de existir comercios que cierran todo el año y solo son negocio desde septiembre hasta noviembre. Igual que sucede en muchas regiones latinoamericanas en torno a la celebración de la Navidad o en México alrededor del Día de los Muertos.

Cada cultura, ya por tradición y/o herencia, vive hoy en día ceremonias que sus antepasados magnificaron y entonces la celebración no pierde vigencia. Es como su sello de identidad nacional, sin ocultar que guardan significados simbólicos interesantes por descubrir. Otros países ‘copian’ el ritual; sin embargo, nunca ni jamás reemplaza el verdadero sentido de quienes lo han vivido originalmente. La energía que se transmite es impactante. Pareciera que todo gira en torno a la celebración, ya sea un disfraz o un adorno. En especial son notorios los lugares comerciales porque pareciera que se debe entrar en ‘modo Halloween’ para estar sintonizados con los clientes. Restaurantes, ropa, casa, publicidad… todo ingresa en el espíritu brujeril de octubre.

Pero vale la pena revisar, para esta celebración de Halloween, cuál es la fascinación por el terror. ¿Cuál es el encanto que produce hacer fila para llegar a una puerta donde te van a asustar? Así sepas lo que hay detrás, viene el asombro, el grito, el susto y, claro, la risa… Y es allí donde surge la pregunta. ¿Por qué hay ‘gozo’ frente al terror? La paradoja es la primera respuesta porque intenta abolir los contrarios, dinamita la dualidad. Hay terror, pero hay seguridad. Es como jugar a engañarse a uno mismo… Me asusto, pero estoy seguro. Me asusto, pero tengo el control porque sé que no corro peligro. Podría explicarse como un intento imaginado de derrotar a la muerte. Al final, termino ganando yo; no me ‘pierdo’ en el experimento. Además, con los ‘descubrimientos’ tan importantes desde la neuroplasticidad, se evalúa el efecto que los componentes biológicos producen en el organismo. La ola de dopamina y endorfinas que se generan ante situaciones como estas son placenteras. Es como un juego de riesgo, pero conociendo el final de la película.

Pero, en forma más profunda, el psicoanálisis lo explica desde la teoría de lo siniestro de Freud. Lo siniestro se alimenta de lo reprimido, lo que guardamos en el inconsciente (nuestro cuarto de San Alejo). Allí existen muchos fantasmas que se ‘alborotan’ y se manifiestan ante diversas circunstancias. Lo siniestro es lo familiar que se vuelve extraño, distante. Halloween puede ser la oportunidad de que lo reprimido se quite la careta y ‘salga’ a través de esos permisos sociales que permiten acercarnos al precipicio, pero sin caer. Porque lo reprimido es conocido, es parte de nuestra historia. Lo intento volver a vivir para creer que lo domino, que tengo el control. Es fascinante, entonces, lo tentador que resulta el permiso social del Halloween casi que para desdoblarse. Qué guardas, qué muestras, bajo la excusa del disfraz o de permitir ventilar tus miedos. Es un juego de tira y afloje. Suelto, pero controlo.

Y diría, como psicóloga, que esos permisos terminan siendo catárticos, sanadores. De allí la fascinación por carnavales, fiestas, disfraces, ceremonias… Jugar a ser ‘otros’, a mostrarnos como no nos reconocemos en lo cotidiano, puede ser absolutamente oxigenante. Sacaste a pasear tus fantasmas y entonces regresas más limpio, ‘ligero de equipaje’. Halloween es una fiesta ‘pagana’ pero sanadora, porque descargas tus emociones, las liberas del control de lo reprimido, lo que no se puede mostrar y, por tanto, aliviana el día a día. De allí que la pregunta ahora es: ¿cuál fantasma te vas a dar permiso de ventilar?