La escena ya se volvió estándar. Sentados alrededor de una mesa —familia, amigos o una pareja en plan romántico— silencio. Cada uno ensimismado en su celular. Comparten mantel, pero no presencia.
A pesar de estudios y advertencias, pareciera que los humanos perdimos la batalla. Estamos dominados por ese ‘parásito’ que se nos coló por los bolsillos hasta instalarse en el cerebro.
Las predicciones optimistas sobre el acceso universal a la información fracasaron. No tanto porque la estupidez humana sea infinita —como sentenció Einstein—, sino porque hubo un diseño deliberado. Las grandes corporaciones tecnológicas, hoy más poderosas que muchos Estados, entendieron que el valor supremo ya no es el conocimiento, sino la atención. Usted puede decir cualquier disparate: si consigue ‘likes’ y seguidores, es exitoso. Rico, influyente y viral. La verdad quedó fuera del algoritmo.
Lo que parece espontáneo o fruto del talento suele ser el resultado de ingeniería emocional cuidadosamente calibrada. Historias fabricadas para activar indignación, miedo o euforia. El contenido no compite por calidad, sino por capacidad de secuestrar segundos.
Como en las elecciones, consumimos y ‘votamos’ a la ligera para lamentarnos después durante años. Nos quejamos de la manipulación digital mientras dedicamos en promedio nueve horas diarias a la pantalla y reenviamos basura sin verificar. Indignados, pero diligentes colaboradores del sistema que criticamos.
La evidencia del deterioro está en el comportamiento cotidiano. Personas educadas se transforman en patanes tecnológicos: tonos estridentes, altavoces a todo volumen, videítos invasivos en cualquier espacio público. Se perdió la noción de convivencia. El derecho a molestar se volvió costumbre.
Los gigantes tecnológicos también tienen responsabilidad. Nunca invirtieron seriamente en educación digital ni en diseños que privilegien la convivencia: dispositivos sin parlantes externos, audífonos integrados, algoritmos que favorezcan contenido verificado.
Nos ofende el diagnóstico de adicción y nos resistimos a creer que el tratamiento es igual al de cualquier otra: parar el consumo. Tan sencillo como no usar redes. Usar el celular para leer, comunicarse, oír música con audífonos, consultar fuentes serias y confiables y gestionar interacciones sociales con decenas de apps que nos facilitan la vida.