La posibilidad de una confrontación militar directa entre Estados Unidos e Irán ha reabierto la preocupación sobre el riesgo de empezar una nueva guerra de gran escala en Medio Oriente. Puede parecer un asunto lejano en medio de elecciones y líos internos, pero lo que ocurra en las próximas semanas entre Washington y Teherán puede tener efectos económicos y políticos que sentirán países muy lejos del Golfo Pérsico.

La tensión actual no surgió de la nada. En 2015, Irán firmó con Estados Unidos y otras potencias el llamado Acuerdo Nuclear que limitaba su programa nuclear a cambio del levantamiento de sanciones económicas. El objetivo era claro: evitar que Irán desarrollara armas nucleares sin recurrir a la guerra. En 2018, durante su primer mandato, Donald Trump retiró a Estados Unidos del acuerdo argumentando que era insuficiente y demasiado favorable a Teherán. Esta decisión peligrosa creó desde entonces una relación bilateral marcada por sanciones económicas severas, amenazas cruzadas y episodios de alta tensión.

Hoy, en febrero de 2026, el escenario ha escalado y el Gobierno estadounidense ha movilizado una de las mayores concentraciones de fuerzas militares en la región desde la invasión de Irak en 2003. Además, ha declarado un ultimátum a Irán de aceptar brevemente un nuevo acuerdo nuclear más estricto, con la amenaza clara de enfrentar consecuencias si no cumplen.

Irán, por su parte, insiste en que no busca la guerra, pero advierte que responderá con fuerza si es atacado. Las negociaciones que se desarrollan en Ginebra avanzan lentamente, mientras en el terreno la presencia de portaaviones estadounidenses y ejercicios militares iraníes agrandan la tensión. Aunque el problema sea entre Irán y EE. UU., sin duda el impacto de una escalada afectaría directamente al resto del mundo.

El primer riesgo aparece por el petróleo. El estratégico estrecho de Ormuz, cercano a Irán, es una de las principales rutas marítimas de energía del planeta. Si el tránsito se interrumpe o incluso si el riesgo aumenta, los precios internacionales del crudo subirían de inmediato. Además, para los países exportadores de petróleo, un aumento en los precios podría traer bonanzas y para economías importadoras en América Latina, el golpe sería directo.

En el campo geopolítico, el riesgo de guerra crea impactos financieros en un momento donde hay tensiones comerciales y económicas volátiles en varias esquinas del mundo, con tensiones comerciales y economías lentas. Pero sin duda el riesgo más grande es una escalada de acciones bilaterales. El riesgo mayor es que la fuerza vuelva a imponerse sobre la frágil negociación. Para Washington, el programa nuclear iraní representa una amenaza que debe ser bloqueada de forma definitiva. Para Teherán, ese mismo programa es una garantía de soberanía y disuasión en una región rodeada de adversarios. La falta de confianza mutua es profunda.

Los escenarios, simplificados, incluyen la diplomacia, o al menos decir un acuerdo limitado con el garrote de presión militar americana, y con la zanahoria de aliviar las sanciones. Ojalá fuera la solución, pero se ve difícil. Más realista es una tensión permanente pero volátil, con las condiciones actuales y sin ataques militares. El peor, sin duda, es la escalada militar donde Trump decida lanzar una operación y que Irán responda, algo que se convertiría en un conflicto con consecuencias globales.