Templando en los 80 de la temporalidad concedida por la existencia terrena, así me sienta sano y salvo de los siete cuerpos mortales y del alma imperecedera, la ruptura del hilo de plata se me puede presentar en cualquier momento, en cualquier recodo, en un mundo acosado por la peste y en un país de violencias. Donde parece que primero se acabará el covid que la protesta social.
Leí desde pajarraco, cuando daba sus primeros frutos la tierra y sus primeros pasos la curiosidad por lo que había pasado antes del presente, un verso de Petrarca que me marcó, ese que utilizaría como exergo Álvaro Mutis en una de sus novelas: “Un bel morir tutta una vita onora”.
Término al que se sumó en su Canción para Sergio Stepansky León de Greiff: “Y en el recodo de todo camino / la vida me depare un bel morir… / (Un bel morir, un bel morir, un bel morir)”.
En principio supuse que se trataba de exaltar las muertes heroicas, como la de Lord Byron en Missolonghi por la independencia griega, como fue fama, pero según el informe médico fue de malaria. Muertes heroicas, si las hay, por la patria, por la libertad, por el pueblo, estarían mandadas a recoger. Como las de los kamikazes japoneses o los que se fueron de cabeza para abatir las Torres Gemelas. Muertes atroces autoinfligidas que no alcanzaron a ser premiadas ni por el Emperador Hiroito ni por Alá.
No creo tampoco que sea un bel morir morir por los otros, como hizo Jesucristo en el Calvario, Girardot en el Bárbula y Ricaurte en San Mateo. Ni las de tantos santos en el martirio. Ni suicidios magnicidas como el de Mishima a través del seppuku por la pérdida del poder y de la divinidad de Hiroito, ni los de Andrés Caicedo y María Mercedes Carranza, autores de Que viva la música y Tengo miedo, con sendos frascos de seconal y antidepresivos.
Ni siquiera el tan comentado deceso (o desexo) de Felix Faure, presidente de Francia, el 16 de febrero de 1899, en el Salón Azul del Palacio de los Elíseos, donde le desfiló desnuda su dama de compañía Marguerite Steinheil, quien procedió a una sesión de succión con la consecuencia de que el derramamiento presidencial seminal coincidió con un derrame cerebral contundente. Tenía 58 años. De una descarga similar en las agallas de la Lewinsky se salvaría en el Salón Oval el presidente Clinton, de cuya muerte política lo protegió la propia señora.
También tenía 58 años Atila, El azote de Dios, cuando después de perdonar la invasión a Roma con su horda de hunos, por la misteriosa mediación del Papa León I, decidió contraer nupcias con la princesa germana Ildico, y luego de una bárbara charanga y en medio de la jornada desfloradora el desfloripado fue él con la daga de la novia que le atravesó la garganta, instigada por Marciano, el emperador romano en Oriente. No fue ningún bel morir el de aquel que por donde pasaba con su caballo no volvía a crecer la hierba. Tampoco habría que confundir tal máxima con ‘la muerte del justo’ de las vitelas religiosas, ni con morir en la cama como los generales y Tirofijo, el decano de las guerrillas, ni el de los bomberos en los rescates.
Ninguna de tales defunciones se merece el rubro de bel morir, que más bien asumo en la de R. H. Moreno Durán, repasando los tomos de su biblioteca con un plumero de cisnes, y la del pintor Augusto Rendón en su casa campestre de Villa de Leyva, cuando madrugó a caminar con sus perros por la floresta, y ante un árbol donde se detuvo a desbrozar sus ramas secas se le detuvo el medio corazón con el que vivía.
Imagino mi bel morir. Uno que me garantice la trascendencia. Vestido con el último traje de paño que me confeccionó mi papá, con la corbata azul donde posa Marilyn sentada y con sombrero de copa, acompañado por mis perros Dina y León subiendo por el cerro de Iguaque hacia la laguna sagrada, de donde bajó Bachué con su hijo a poblar la tierra. Y, siguiendo su ejemplo, sumergirme, así me convierta también en opulenta serpiente. Me daría el gusto de atender a perpetuidad la visita y consultas de los turistas. Los perros retornarían a casa con la noticia.