El primer aniversario es, sin duda, el hecho más triste del Siglo XXI. El 24 de febrero de 2022, el dictador Ruso Vladimir Putin decidió enviar sus tropas a la vecina Ucrania para recuperar, según él en tan solo tres días, la región de Dombas al oriente de Ucrania.

Resultaba difícil imaginar que la culta Rusia, la de los grandes músicos y literatos, la de los pintores y filósofos de excepción, la de los científicos de enormes alcances, fuera a caer en manos de un experto en artes marciales, con oscuro pasado de espía de la KGB, nostálgico de la grandeza perdida tras el derrumbe de la Unión Soviética he insensible como un tempano de hielo.

El desbarajuste causado por Putin ha tocado el orden jurídico, político y económico hasta entonces conocido. Hoy un 70% del PIB mundial condena las acciones de Putin y el 30% restante vacila entre apoyarlarlas o encogerse de hombros. En resumen, el orden global creado en 1945 está prácticamente deshecho.

Pero hay un problema: Rusia es demasiado grande y poderosa en recursos naturales como para caer rápidamente. Imaginemos un encuentro entre un Oso Panda y un enorme Oso Pardo. Todas las simpatías tienden a acompañar al simpático Panda pero el Oso Pardo es una mole de media tonelada que supera tres o cuatro veces al comedor de bambú.

Ya los diplomáticos del mundo se están movilizando para encontrar una solución a la terrible situación que se vive en el oriente de Ucrania.
También en nuestro país se sienten las consecuencias del desacomodo global, reflejadas en la tendencia alcista del Dólar, en la inestabilidad de las corrientes de suministro y en la inseguridad que ya se nota en los mercados de nuestros productos.

Buena noticia para la humanidad fue la celebración del décimo aniversario del pontificado de Francisco, el papa argentino que sin duda ha dejado huella en la historia reciente. El papa Bergoglio, en su condición de jesuita, cuenta con el estupendo soporte de los 16.000 miembros de la orden jesuita, todo un ‘tanque de pensamiento’ al servicio de la doctrina católica.

Fue impactante el estreno de Francisco en el papado, cuando manifestó su intención de conocer a la gente, mezclarse con ella, tratarla y comprenderla porque “un pastor debe oler a oveja”. En sus días de prelado en Argentina, el cardenal Bergoglio gustaba de viajar en tren, codo a codo con la gente.

Su verticalidad frente a viejos defectos incrustados en la iglesia ha sido admirable. El papa Francisco ha entendido que el futuro del catolicismo está en África, América Latina y ciertas naciones de Asia. De hecho, esta universalidad no ha gustado a los sectores más retardatarios de la Iglesia Alemana, quienes comienzan por la vía de los “hechos cumplidos” a moldear unas normas diferentes a las que provienen de Roma.

Muchos no entendimos el silencio del Vaticano ante los agravios recurrentes que recibían los católicos de Nicaragua: obispos encarcelados, presbíteros perseguidos, procesiones no autorizadas, etc. Pero por fin el papa Francisco habló hace poco y calificó al gobierno de Ortega-Murillo como una “dictadura grosera”.

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Posdata. Respetuoso recado al canciller Leyva Duran: en vez de estar inflamando la violencia de los pueblos originarios, debería decirle a su jefe que no se inmiscuya en los asuntos internos de El Salvador y Perú.