Tengo que hacer un esfuerzo mental que incluye la Oración de la Serenidad, el ho’oponopono: respirar, retener, expirar, retener, volver a respirar, retener, volver a expirar varias veces para que no se me salga el monstruo de la irritabilidad que permanece agazapado en mi interior, dispuesto a saltar y volver trizas lo que se me ponga en frente. Hoy, lunes, logré llegar a mi apartamento exhausta pero cuerda; me felicité, no mordí a nadie ni menté madres, ni le tiré el carro al de la moto que se atraviesa. Me di una palmadita en el hombro y me felicité.

No confío en mí misma cuando siento que se me va revolviendo el ombligo, alerta; las pequeñas frustraciones me sacan de quicio, curiosamente, las cosas graves las enfrento con una calma que tampoco es muy normal, pero así es como si me hubieran anestesiado emocionalmente y funciona.

Fui a devolver a PriceSmart un pantalón que le había regalado a mi hermana. Muy estrecho. Su hijo fue a cambiarlo, imposible, inútil, fui yo. Más de una hora de pie, mostrando la tarjeta de crédito con la que había pagado. Demostrar que estaba sin estrenar, con todas las etiquetas puestas, pues no y no. Ya habían salido de catálogo, no estaba en el inventario. Una hora después de cuchicheos entre los dependientes, llamadas por teléfonos internos, vueltas y revueltas, al fin me devolvieron la plata para comprar otro. Ojo, no compren regalos en PriceSmart, el regalado no tiene chance de que lo atiendan. Tiene que ser el comprador el que se presente.

Una terapia para los pies. Me presento a la cita a la hora señalada, me preguntaron por la orden médica (la tenían ellos, pero no se tomaban la molestia de buscarla), perdí más de media hora para demostrar que la cita existía, yo no me la había inventado. Media hora después me enviaron una ‘terapia’ que ni siquiera leyó la orden y, después de ponerme hielo y unos masajitos, dio por terminada la sesión. Mejor dicho, hizo lo que le dio la gana... y todo sin derecho a rebuzno (obvio que sí rebuzné), Salí peor de lo que entré.

Irrita que los dependientes (hombres o mujeres) parecieran tener la consigna tácita de trabar todo: lentitud, negaciones, verificaciones, trabas, a menos que se trate de una tienda donde vendan artículos costosos. Ahí, manada de vendedoras se deshacen en sonrisas, pero si se trata de algún servicio de salud o devolver algo, las cosas cambian drásticamente.

Afortunadamente, existen instituciones, almacenes, supermercados impecables en su atención, pero muchísimos fallan. El cliente, paciente o como lo quieran llamar es una víctima o enemigo camuflado o recipiente del mal humor de los que están del otro lado del mostrador; algo tiene que cambiar.

Llego y me incrusto a leer, me meto en otros mundos y aventuras. Así sobrevivo y cuido mi higiene mental; si no fuera por los libros, ya estaría amarrada con camisa de fuerza en un sanatorio o en una estación de policía por grosera.

No sé si soy la única, no lo creo. Me encantaría hacer una encuesta.

Y hablando de encuesta, siento que en política vamos de culo pal estanco, qué despelote tan berraco. Ya la señora Tarazona quiere ser candidata; me voy a leer.