Desde sus primeros compases, algunas obras parecen suspender el tiempo y abrir ante nosotros un espacio que no pertenece solamente al sonido. La música deja entonces de ser únicamente algo que se escucha: se convierte en una experiencia que nos invita a contemplar, a detenernos y, de algún modo, a mirar más allá de lo visible. El Gloria en Re mayor, RV 589, de Antonio Vivaldi, pertenece a esas obras excepcionales cuya belleza parece conducirnos, casi sin advertirlo, hacia una realidad más profunda.

El coro irrumpe con luminosidad; trompetas y oboes encienden el espacio sonoro; las cuerdas imprimen a la música ese movimiento vital tan característico del compositor.

Pero detrás de ese esplendor hay una palabra: Gloria. Gloria in excelsis Deo. Gloria a Dios en las alturas.

Ante estas palabras es difícil no pensar en una de las imágenes más conmovedoras de la tradición cristiana: la noche de Belén. El silencio. El pesebre. Un niño que acaba de nacer. Y sobre la pobreza de aquel lugar, el cielo que se abre y los ángeles que proclaman la gloria de Dios.

No significa afirmar que Vivaldi haya escrito su Gloria como una representación musical de la Navidad. Históricamente, no podemos sostenerlo. Pero la música posee una capacidad misteriosa: puede despertar imágenes que no están literalmente escritas en la partitura y que, sin embargo, pertenecen al mundo espiritual de sus palabras.

Y al escuchar el comienzo del Gloria, es difícil no imaginarlo: el cielo contemplando el misterio de Dios que ha descendido a la tierra. Vivaldi no nos explica la gloria; nos permite escucharla.

Vivaldi: el sacerdote detrás de la música

Antonio Lucio Vivaldi nació en Venecia en 1678. Fue violinista, compositor y sacerdote. En 1703 recibió las órdenes sacerdotales y comenzó su larga relación con el Ospedale della Pietà, donde enseñó, dirigió y compuso para jóvenes intérpretes.

Aquella experiencia fue decisiva para su lenguaje musical. Allí pudo experimentar con las voces, los instrumentos y sus combinaciones, aprendiendo a pasar del esplendor colectivo a la intimidad de una sola línea.

El Gloria en Re mayor, RV 589, suele situarse hacia 1715 y está estrechamente relacionado con el mundo musical de la Pietà. Lo importante, sin embargo, no es solamente cuándo fue escrito, sino qué sucede cuando comienza a sonar: la partitura deja de ser tinta y la palabra sagrada comienza a respirar.

Gloria in excelsis Deo: el cielo comienza a cantar

Gloria in excelsis Deo.

Gloria a Dios en las alturas.

El comienzo es uno de esos momentos en los que Vivaldi parece convertir la música en luz. El coro proclama, las trompetas resplandecen, los oboes añaden color y las cuerdas impulsan el movimiento. La palabra Gloria parece expandirse por todo el espacio sonoro, del coro a la orquesta, como si la alabanza no pudiera permanecer contenida.

Y vuelve la imagen de Belén.

Los pastores escuchan. La noche se ilumina. El cielo canta. La gloria que pertenece al cielo ha encontrado un lugar en la pequeñez de un pesebre. El Dios infinito se ha acercado. El cielo ha descendido. Y la primera respuesta es un canto.

Quizá por eso el comienzo del Gloria posee una alegría tan extraordinaria: no es solamente la alegría de cantar; es la alegría de haber contemplado algo que supera al hombre.

Et in terra pax: cuando la gloria desciende

Et in terra pax hominibus bonae voluntatis.

Y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad.

Después del resplandor, Vivaldi nos conduce hacia la contemplación. Las voces se entrelazan en un tejido contrapuntístico de gran delicadeza. Cada línea conserva su independencia, pero ninguna pierde el vínculo con las demás. La paz parece nacer precisamente de esa convivencia de voces diferentes que avanzan hacia una misma música.

El cielo ha proclamado; ahora la tierra responde.

La gloria desciende. La paz desciende. Y en la Navidad, ese descenso adquiere un rostro: Cristo.

La verdadera paz no es solamente ausencia de conflicto; es encuentro, armonía y reconciliación. Muchas voces y una sola música; muchas vidas y una misma esperanza.

Laudamus te: la respuesta del corazón

Laudamus te. Benedicimus te. Adoramus te. Glorificamus te.

Te alabamos. Te bendecimos. Te adoramos. Te glorificamos.

Dos sopranos dialogan y la música adquiere una alegría ligera y luminosa. Ya no escuchamos solamente al cielo; escuchamos al hombre respondiendo.

Porque ante el misterio de Dios, la respuesta no siempre tiene que ser una explicación. Puede ser un canto, una oración o gratitud.

Llegamos ante Dios con nuestras preocupaciones, nuestras heridas, nuestras preguntas y nuestras esperanzas. No llegamos perfectos, llegamos como somos, y aun así podemos alabar.

Domine Deus y Jesu Christe: ternura y nombre

Domine Deus, Rex caelestis, Deus Pater omnipotens.

Señor Dios, Rey celestial, Dios Padre todopoderoso.

La soprano canta y el oboe responde. La orquesta se vuelve discreta. La palabra dice Omnipotens —Todopoderoso—, pero Vivaldi no parece responder con fuerza exterior, sino con ternura. La majestad se vuelve intimidad.

Y aquí ocurre algo decisivo con Domine Fili Unigenite, Jesu Christe —Señor, Hijo unigénito, Jesucristo—. La palabra Gloria ha encontrado un nombre: Jesucristo.

La imagen del pesebre vuelve a nosotros: el niño de Belén, el Hijo eterno, la pequeñez que contiene la grandeza.

San Agustín escribió en sus Confesiones: «Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva». Algo semejante sucede al escuchar a Vivaldi: la belleza está allí, nos alcanza y se convierte en una puerta hacia la contemplación.

Agnus Dei y Miserere nobis: del pesebre a la cruz

Domine Deus, Agnus Dei, Filius Patris.

Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre.

El Gloria entra en su momento más profundo. La alegría inicial se ha recogido y la música adquiere gravedad. Aparece una de las imágenes centrales de la fe: el Cordero.

El niño que contemplábamos en Belén es también el Cordero de Dios; el pesebre no puede separarse de la cruz. La Navidad contiene ya el destino de Cristo.

Qui tollis peccata mundi, miserere nobis.

Tú que quitas el pecado del mundo, ten misericordia de nosotros.

La celebración se convierte en súplica. La humanidad se arrodilla.

No tenemos que explicar nuestras heridas ni justificar nuestra fragilidad; simplemente podemos decir: ten misericordia de nosotros.

Para Santo Tomás de Aquino, la misericordia es una perfección divina que se manifiesta en el bien que Dios comunica para socorrer y restaurar. Por eso no mira nuestra pobreza desde lejos, sino que se acerca y la levanta.

Quien pide misericordia todavía espera; quien se arrodilla todavía confía.

En este punto resulta inevitable pensar en Bach. En su Misa en si menor, el Agnus Dei también está confiado a una contralto, pero sus caminos difieren: en Bach sentimos con particular intensidad la herida; en Vivaldi, incluso dentro de la súplica, permanece una luz.

Qui sedes y Quoniam tu solus Sanctus: levantar la mirada

Qui sedes ad dexteram Patris, miserere nobis.

Tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten misericordia de nosotros.

Después de arrodillarnos, la mirada vuelve a elevarse.

Cristo está junto al Padre.

Hay un momento para llorar, otro para pedir y otro para reconocer nuestra pequeñez, pero llega también el momento de levantar la vista. La esperanza no ha muerto.

Quoniam tu solus Sanctus, tu solus Dominus, tu solus Altissimus, Jesu Christe.

Porque Tú solo eres Santo. Tú solo eres Señor. Tú solo eres Altísimo, Jesucristo.

La música recupera el resplandor, pero ya no es la misma alegría del comienzo. Hemos atravesado un camino, conocido la paz, alabado, contemplado, pronunciado el nombre de Cristo, estado ante el Cordero y pedido misericordia.

Ahora la alegría ha pasado por la cruz y tiene otra profundidad.

Cum Sancto Spiritu y el Amén: la gloria que no termina

Cum Sancto Spiritu, in gloria Dei Patris. Amen.

Con el Espíritu Santo, en la gloria de Dios Padre. Amén.

Vivaldi abre nuevamente las puertas del cielo. Las voces se encuentran, se persiguen y se responden. Cada una conserva su identidad, pero todas participan de una sola proclamación.

Lo que comenzó con Gloria in excelsis Deo —Gloria a Dios en las alturas— regresa ahora a in gloria Dei Patris —en la gloria de Dios Padre—.

El cielo cantó, la tierra escuchó y respondió, y ahora ambos se unen en una sola alabanza al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

Amen.

Amén.

Una palabra pequeña que, después de todo el recorrido, parece contenerlo todo. El coro continúa, las voces se encuentran, el ritmo se precipita y la orquesta resplandece. Es como si Vivaldi no quisiera cerrar la oración, como si la última nota no pudiera contener todo lo que acabamos de atravesar.

Este Amén ya no es solamente una palabra litúrgica; es una respuesta.

Sí a Dios. Sí a Cristo. Sí a la misericordia. Sí a la esperanza. Sí a la gloria.

Y entonces sucede algo extraño: la música termina, pero uno tiene la sensación de que la oración continúa.

Quizá ese sea el verdadero milagro del Gloria de Vivaldi: que una obra escrita hace más de tres siglos pueda todavía conducirnos desde el asombro hasta la contemplación.

El movimiento de la música es también el movimiento de la fe. Dios desciende hacia el hombre, el hombre vuelve su mirada hacia Dios, y entre ambos está Cristo.

La gloria no permaneció lejos: entró en nuestra humanidad, se hizo pequeña, cercana, se dejó contemplar y finalmente volvió al Padre.

Por eso, cuando llega el último Amén, no siento que Vivaldi haya terminado su oración; siento que nos la ha entregado.

La música calla.

El silencio comienza.

Y en ese silencio permanece todavía aquella primera palabra:

Gloria.

La misma que los ángeles proclamaron en la noche de Belén. La misma que la Iglesia ha cantado durante siglos. La misma que Vivaldi convirtió en sonido, luz y movimiento.

Y quizá escuchar verdaderamente esta música sea permitir que, por un instante, aquello que ocurrió en Belén vuelva a suceder dentro de nosotros: que el cielo cante, que la tierra escuche y que el corazón vuelva a descubrir la gloria.

Gloria in excelsis Deo.

Gloria a Dios en las alturas.

Et in terra pax.

Y en la tierra paz.

Miserere nobis.

Ten misericordia de nosotros.

Cum Sancto Spiritu, in gloria Dei Patris.

Con el Espíritu Santo, en la gloria de Dios Padre.

Amén.

Y el Amén no cierra la obra. Abre el silencio. Y en ese silencio, parece abrirse la eternidad.