Cuando me senté a pensar en qué escribir para transmitir en este momento tan importante de la vida, repentinamente vino a mi corazón, que no a mi mente, una valiosísima y poderosa palabra que últimamente he utilizado más de lo normal en mis notas editoriales. Este vocablo corto pero profundo en su contenido es: ‘Gracias’. Estoy genuinamente agradecido con el padre de la vida, por tenerme hoy acá en esta hermosa tierra vallecaucana pronunciando estas palabras que brotan de mi sentir de hijo amoroso y orgulloso de su padre.

Es para sacar pecho que hoy, 36 años después del homicidio del maestro Gerardo Arellano Becerra, estemos convocados en su natal y señorial Guadalajara de Buga para rendirle este merecido tributo, con el artístico busto de creación del maestro Pedro Alcalde, ubicado en el moderno parque lineal del exclusivo barrio El Albergue. Eso, en suma, simplemente habla de la calidad humana de ese juglar bugueño que fue Gerardo María, que ha trascendido y que inspira este sentido reconocimiento.

Estoy seguro de que Dios no pudo elegir un mejor padre para mí. De mi “Pa”, como lo llamaba, aprendí el amor generoso y el apoyo irrestricto por los suyos, su pasión y talento desbordados y naturales por el arte y su disciplina. Era un promotor de los valores y la rectitud en el obrar; principios estos, sin duda insoslayables e intransigibles de la buena conducta y la moralidad, que, en sus días, le fueron característicos y que me inculcó.

Gerardo, con su voz prístina y su don de gentes, se ‘enbolsillaba’ los corazones de su público, quien fuera, después de sus padres, hijo, esposa y hermanos, su familia en el ecosistema musical. Imposible no recordar esos primeros acordes que, con dulzura, me enseñó en la guitarra; fue mi primer maestro de música y mi mejor maestro de vida.

Mi amado padre se debía con gran responsabilidad a su audiencia y cada vez esta aplaudía más fuerte. Soy testigo de que Gerardo estudiaba e interpretaba con el mismo compromiso la música vernácula y el bel canto. Encarnaba el respeto y la mística por el arte. Hoy aplaudimos por él, por su memoria sempiterna, para que se oigan nuestras palmas hasta el cielo.

Mi viejo era un hombre determinado. No temía enfrentar retos. Recuerdo que una vez íbamos a cruzar a pie una avenida y él me llevaba de su mano con firmeza. Avanzamos y, en la mitad de la calle, el miedo me gobernó y me detuve, jalando su mano hacia atrás. Él, sin miramientos, me apretó la mano y me llevó preservándome hasta la otra acera. Por supuesto, sobrevino la reconvención, pero con amor. Así como era él. Y me quedó claro el mensaje cuando me dijo “en la vida el miedo es el que mata”. Esa es otra de las grandes enseñanzas que llevo de mi amado padre, a quien tengo tatuado en el alma y en la piel.

La motivación emocional y profesional, sumado a lo mínimo que debo hacer como hijo, me llevaron al logro de la reivindicación de su nombre a través de mi oficio como jurista. Y sobre la base de esas máximas axiológicas que heredé de mi padre, he luchado sin descanso por atracar en buen puerto una causa que algunos incrédulos llamaban ‘perdida’, pero que hoy da resultados muy positivos en materia judicial, a nivel nacional y global.

Parte de este homenaje para exaltar a nuestro Gerardo, por mi parte, tiene que ver con el fallo que hace apenas dos meses profirió el SIDH, en el cual el pronunciamiento de su Honorable Comisión, luego de una petición incoada hace once años ante esa jurisdicción, le dio al suscrito el 100 % de la razón en los argumentos esgrimidos por las violaciones de los Derechos Humanos contenidos en la Convención Americana de Derechos Humanos, en aquel tristemente recordado 27 de noviembre de 1989. A los incrédulos, opositores, detractores, agresores e incluso enemigos; a esos les agradezco aún más, porque me sirvieron de referencia para aprender lo que no quiero ser y lo que no se debe hacer, en un proceso absolutamente positivo, que hoy da sus frutos.

Soy un hombre espiritual y de mucha fe. No creo que esto sea producto del acaso; yo creo en el plan de Dios y por eso no es casualidad que hoy, exactamente dos meses después de la fecha de la providencia mencionada, esté acá en este homenaje a mi padre, trayéndoles buenas nuevas sobre este determinante y concluyente avance procesal. Ha sido muy duro y largo, pero siempre ha estado Dios conmigo y, con cierto talento, olfato, agudeza jurídica y estoicismo, he logrado que hoy las cosas sean distintas. Esto se los comparto con muchísima alegría y a la vez con un compromiso enorme que se ratifica en mí, para seguir pedaleándole pa´l frente, como reza una obra que hace poco le escribí a mi madre, quien ya está con Gerardo. Esto, amigos lectores, aunque suene paradójico, apenas comienza. En el proceso local, con el lamentable paquidermismo de la maltratada justicia colombiana, también hemos logrado avances significativos, que en su momento y atendiendo a una estrategia jurídica y mediática, daré a conocer.

Hoy es un día de júbilo y celebración, pero sobre todo de gratitud. Gracias, señora obernadora, Alcaldesa y demás personas que hicieron posible esta preciosa deferencia y distinción a mi padre.

De nuevo: el agradecimiento es inmenso, el orgullo de hijo es inconmensurable y el compromiso como jurista es férreo e inquebrantable.

La gratitud, como se los transmito dentro de los valores a mis discípulos en la cátedra de Historia y Filosofía del Derecho, debe ser un derrotero en el devenir y decurrir de la vida de las buenas personas. Gerardo era una muy buena persona y este homenaje tan hermoso, que agradezco y que llevaré siempre en mi corazón, se erige y se pondera como plena prueba de ello.

A los lectores y simpatizantes, mi gratitud por mantener viva la memoria de un grande en tierra de grandes: el maestro Gerardo Arellano Becerra, y por seguir creyendo en que habrá un final feliz, como en las bonitas, aunque dolorosas historias. Gracias por todo y, por tanto, “Pa” y que Dios nos siga bendiciendo.

Abrazo cálido. Seguimos trabajando y aguantando. Falta poco.

@muiscabogado