A sesenta y un días de la primera vuelta, todavía no hay un eje que ordene la contienda y, en ese escenario, el debate sobre coaliciones deja de ser una opción para convertirse en una condición de viabilidad. Ahí la presencia de Sergio Fajardo desentona con una postura que arrastra de contiendas previas, una decisión que puede parecerle razonable, pero hacia afuera resulta difícil de entender.
El exalcalde y exgobernador insiste en una narrativa de autosuficiencia —“hemos construido un camino”, “somos distintos”, “seguimos adelante”— que repite con disciplina en un sistema que no suele premiar esa apuesta. En un entorno donde predominan los acuerdos de conveniencia, el mensaje conecta con un segmento reducido porque proyecta independencia, coherencia y carácter, pero al mismo tiempo limita su margen de crecimiento entre el amplio universo de indecisos.
¿Se desinfló su candidatura? Tal vez aún no, pero sí luce mal calibrada. Una presidencial no se gana reafirmando convicciones, sino construyendo mayorías improbables. La campaña de Fajardo asume que el desgaste de los bloques abre espacio para una opción ‘limpia’ y no coaligada; con la ola verde agotada y la morada sin activarse, ese margen se estrecha. Ahí radica el error: confunden diferenciación con aislamiento.
El giro que necesita no pasa por salir a buscar alianzas de forma reactiva, algo que se leería como incoherente —y que difícilmente asumirá—, sino por resignificar la idea de coalición. No como un simple ensamblaje de apoyos ni un acuerdo de élites, sino como un pacto con reglas explícitas, objetivos concretos y fronteras bien trazadas. En otras palabras, no rechazar el instrumento, sino rediseñarlo y liderarlo con condiciones programáticas, éticas y operativas desde el inicio.
Claro que tiene costos, ¡todas las coaliciones los implican! Pero no hacerlo también pasa factura, quedarse por fuera del umbral competitivo en una elección que, como siempre, se define entre quienes logran estructurar bloque. La pregunta ya no es si Fajardo va a cambiar, sino si alcanzará a hacerlo sin que ese giro se lea como oportunista.
¿Cómo crecer sin cargar con el costo reputacional de la coalición tradicional? El ajuste es más de enfoque que de fondo, pasar del ‘no me uno’ a convocar coincidencias para resolver problemas concretos. No es cuestión de palabras, sino de enfoque, sustituir negociaciones visibles por adhesiones temáticas y sectoriales —educación, seguridad local, empleo joven, regiones— que construyan apoyo sin percibirse como transacción.
Segundo, hace falta ampliar la estrategia de respaldos indirectos, con voces conectadas a la vida pública que a circuitos cerrados. No acuerdos formales, sino apoyos visibles de liderazgos intermedios —regionales, técnicos, sociales— que validen la candidatura como punto de encuentro. No es cantidad, es señal, mostrar que empieza a crecer sin burocracia, con eventos, vocerías compartidas y microcoaliciones territoriales que construyan tracción.
Tercero, instalar una narrativa de mayoría en construcción. A estas alturas, más que sumar, hay que demostrar que se puede crecer, con movimiento constante, agenda en expansión y presencia territorial creciente. Ya no se trata de corregirlo todo, sino de compensar lo suficiente para volver a ser competitivo, acumulando señales creíbles de que dejó de estar solo.
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Claridades: Y de este lado, como con la Sele, la fe sigue intacta; hay afinidad, sí, pero, con los números sobre la mesa, es la opción que más le conviene a Colombia. En medio de la polarización, el punto no son sus fallas, sino lo que el país puede ganar con su moderación. Si le convence, pero duda, quizá es momento de jugar a ganar.
*Consultor internacional