Cuesta mucho trabajo aceptar que no somos masa compacta sino energía en vibración. El mundo racional logró que miráramos el entorno de una manera muy concreta y creyó que aquello que no se puede captar con los sentidos, no existe… al menos crecimos con esa creencia. Fieles ‘seguidores’ de Santo Tomás, ‘ver para creer’. Pero resulta que cada día los adelantos del conocimiento nos entregan nuevas realidades y tenemos la opción de seguir matriculados en el equipo de los que se quedan con las viejas creencias o nos alineamos con los que se atreven a revisar conceptos. Entonces, no somos ‘masa compacta’ sino energía pura, vibrando en diferentes frecuencias. Todo es energía… por ellos los objetos también son energía. Y esta energía que nos construye, aunque no se capte con los sentidos, tiene memoria, tiene historia y por tanto guarda un registro de lo que ha vivido.
A raíz del terremoto se han diseñado espacios para depositar escombros, resultado de todo lo que se destruyó, se cayó o se dañó. En el controvertido lote frente a Cosmocentro se están recogiendo camionadas enormes de esos desechos, ubicados con identificación del predio de donde fueron extraídos. Alguien explicó que ese material se reciclaría para aprovecharlo en otros escenarios, lo que es totalmente lógico. Hay una preocupación válida por recuperar lo perdido, ya sea reemplazándolo, reformando o sustituyendo. Nos impacta sobre manera el vacío material.
No es fácil acostumbrarse a no ver lo que día a día reconocíamos como nuestro entorno, como si estuviéramos en un lugar nuevo, como si nos hubieran transportado a escenarios desconocidos, donde no quedan referentes del mundo anterior. Hay entonces el vacío externo añorando lo material pero también el vacío interior, el vacío del comprobante del recuerdo, donde no existen ya fotos, cartas, objetos, prendas, juguetes que nos recuerden quienes fuimos, quienes somos y quienes seguiremos siendo… por ello no se puede olvidar (o desconocer) que esos escombros materiales, al igual que nosotros, tienen memoria, como energía que son: vibran en dolor, tristeza, llanto, muerte, sangre, abandono… Y así como los humanos necesitamos reparar, sanar, esos escombros se pueden usar pero hay que ‘limpiarlos’ energéticamente, hay que sanarlos como se sanan las personas. Edificar en lugares que tienen memoria de dolor es perpetuar su baja vibración energética.
Por ello creo que está haciendo falta una gran campaña publicitaria donde la palabra genere energía sanadora, despierte esperanza, integre esfuerzos, repare heridas. Hay que ‘hablarle’ a diferentes receptores en variados escenarios y ese mensaje debe tener un factor común nacido de la vallecaucanidad. Hubo en Colombia varias regiones afectadas pero cuál es nuestro sello vallecaucano que marca nuestra manera particular de avanzar. ¡Qué nos hace vallecaucanos! Porque si logramos identificar las palabras adecuadas, ayudamos a sanar la energía que nos construye y distingue.
Con todas las iniciativas que se están haciendo, desde la Gobernación, la alcaldía, la UAV, Profacífico, la Cámara de Comercio, y tantos empresarios vallecaucanos comprometidos con el momento actual, es necesario un factor común que no se agote sólo en un núcleo (empresarios, sobrevivientes, damnificados, infancia, comerciantes, tercera edad) sino que cobije la vallecaucanidad. La palabra crea escenarios de reconciliación, armonía o de dolor y pesimismo. No es vender ilusiones pero sí es creer que el lenguaje, construido desde la empatía es absolutamente sanador. El Valle necesita reforzar su identidad, con expresiones, con símbolos, con rituales, que sean tan claros e integradores, que solo con nombrarlos o recordarlos produzca ese sentimiento estimulante que nos recuerde la expresión “tierra sana, tierra buena, tierra que pone fin a nuestra pena”. ¿Lo encontraremos?