A menudo se dice que hoy no todo es un asunto de racismo, ideología o religión. Es la democracia que ya no sirve. Es una afirmación no gratuita y grave si resulta cierta, más aún cuando tras ella se debilita el Estado-nación.
Las crisis y protestas sociales que venimos presenciando evidencian que las promesas de concordia y prosperidad de la democracia no se han cumplido. Nos preguntamos entonces la razón por la cual no fueron suficientes sus cimientos ni las ideas del movimiento intelectual de la Ilustración, que dieron paso al Estado de derecho, la soberanía popular del voto y la separación de los poderes públicos. Además, parece confirmarse la sentencia de Platón en su obra cumbre, ‘La República’, según la cual cada sistema lleva en su interior la semilla de su propia destrucción, explicando las causas.
El tema no es menor y la respuesta tampoco, porque a todas luces se ha alterado el conjunto de ideas y reglas con las que el mundo intentaba organizarse social y políticamente, en lo nacional e internacional. No es solo la tripolaridad geopolítica emergente con China y Rusia, naciones exitosas bajo un régimen comunista una y totalitario el de la otra, mientras que los Estados Unidos, como sucede en otros países, deterioran la democracia por obra y gracia de sus propios mandatarios.
Como si fuera poco, no solo se amenaza el sistema democrático, sino también la figura política del Estado-nación, que es la construcción social tanto o más antigua que la democracia. Se le opone el poder global de grandes corporaciones tecnológicas, fondos de inversión y multimillonarios, que gravita sobre los Estados y las vidas de los ciudadanos, superándolos en dinero y capacidades tecnológicas. Magnates de la tecnología quieren influenciar y reemplazar a los gobiernos, sintiéndose capaces de dirigir con pensamiento político para generar una transformación.
Las crisis de legitimidad de la democracia han propiciado y servido de caja de resonancia de movimientos de la tecnocracia que impugnan los sistemas tradicionales, los valores liberales, la democracia representativa y el voto popular, considerando que este faculta a personas que no tienen capacidades para elegir. Al leer su ideología, parece que están convencidos de la legitimidad de la soberanía tecnológica por su inteligencia, que pertenecen a una corriente anti-igualitaria y propician el surgimiento de una élite con aptitudes y cultura para gobernar, de donde resulta ser que la cultura occidental es rectora, en virtud de su tradición greco-romana y cristiana, aunque rechazan sus deformaciones.
Algunos poderosos de las IA metidos a filósofos buscan apagar las ideas de la Ilustración; otros han lanzado el libro ‘La República Tecnológica’, un manifiesto con la pretensión de iniciar una nueva era dura, donde la soberanía nacional dependa de la infraestructura digital y de contratistas con influencia en el gobierno y en las políticas de Estado, con lo cual lo transforman en cliente o subsidiario de dichas corporaciones privadas, a quienes se les paga para poder acceder.
Como no estamos preparados para perder lo que creíamos haber ganado, y aún no tenemos respuesta ni derrotero, vemos pasar los acontecimientos desde la barrera. Sin embargo, conviene no desestimarlos y conocer de expertos en geopolítica, tecnología y filosofía lo que avizoran en el horizonte, si ello es posible.