Cada vez que leo o escucho en los medios elogiar a uno de nuestros gobernantes -o un candidato a convertirse en uno de ellos- porque es un empresario, o que tiene mentalidad empresarial, no puedo menos que echarme a reír. Porque visto lo visto, lo cierto es que la mayoría sino todos los que así son ponderados tienen todo menos la dichosa mentalidad. Debido a las evidentes limitaciones de espacio de esta columnilla, me abstengo de presentar la más mínima lista de los afectados por esta dolencia.
Prefiero emprender el camino de las parábolas y referir una historia que probablemente ninguno de mis lectores de mayor edad recuerde. Fue durante la presidencia de Misael Pastrana Borrero, cuando los japoneses propusieron construir el metro de Bogotá, que entonces andaba entre los dos millones y medio y los tres millones de habitantes. Ellos harían los estudios técnicos, la inversión y lo construirían en un plazo razonable.
Lo que tenían que hacer Bogotá y el Gobierno Nacional era aprobar el proyecto, ceder los terrenos necesarios para construir los accesos, y las áreas de estacionamiento y mantenimiento del material rodante. Y permitir que la empresa o el conglomerado responsable de construir el metro, lo explotara en exclusividad por 25 años y, luego, de manera compartida con el Distrito y el Gobierno Nacional. Ambos sin embargo rechazaron la propuesta, sin ninguna explicación. Si la hubieran aceptado, Bogotá contaría hoy con una red de metro que valiera el nombre y no esa pichurria de dos líneas, que aún no se ha inaugurado y que muy poco va contribuir a resolver los graves problemas de tráfico que la capital de la república.
Es muy probable que el rechazo fuera debido a las presiones de los propietarios de la mayoría de los buses de la ciudad, que no estaban dispuestos a permitir que un nuevo medio de transporte pusiera en riesgo sus ingentes beneficios. Pero no descarto el papel de los gobernantes que se asustaron con la magnitud del proyecto y comenzaron a imaginar los terribles riesgos que supondría el tamaño de los gastos que el gobierno tendría que asumir. Fueron incapaces de pensar como empresarios que construir un metro es un buen negocio. Cuenta con la existencia de una clientela cautiva, que es también una población trabajadora que, con un sistema de transporte eficiente, mejoraría la productividad de las empresas y por ende de la economía de toda la ciudad.