Aunque resulte rudimentario, la mecánica de su funcionamiento es fascinante: la bicicleta es un vehículo cuya propulsión depende de la persona que la monta, en tanto es el propio esfuerzo físico de quien conduce el que la pone en movimiento. La fuerza de aquel que sobre ella se encuentra activa el mecanismo ancestral de las palancas y de los engranajes, cuya puesta en marcha hace que las ruedas giren. Y al girar, las llantas hacen avanzar el vehículo. Que casi toda la energía que se invierte en los pedales vaya directo a la tracción giratoria de las llantas, hace de la bicicleta una obra maestra de la mecánica.

Para disfrutar de los privilegios que otorga esta invención, la humanidad tuvo que esperar milenios. Su creación solo fue posible tras otras creaciones: el invento de la rueda, el desarrollo del caucho, el avance de la metalurgia. Todos, separados en un principio y articulados posteriormente en un aparato, hicieron posible esa proeza de la ingeniería, que potencia nuestra fuerza y multiplica nuestra velocidad: la bicicleta.

A pesar de que este aparato es toda una revolución mecánica, si se le compara con los desarrollos actuales y si se contrasta con los avances de la ingeniería, su funcionamiento basa la esencia de su mecanismo en máquinas simples: las palancas, los engranajes, las ruedas. Esta es una constitución que, por la sofisticación de ciertos inventos y por el desarrollo de las nuevas creaciones, como los circuitos, la transmisión o los sensores, resultan fácilmente superables.

No obstante, y en su gran mayoría, las bicicletas no han cedido a la tentación de nuevos y más veloces mecanismos, como los motores de hidrocarburos o la asistencia de sistemas eléctricos. La razón por la cual fue creada no es idéntica a la razón por la cual permanece. Prescindiendo de las adiciones, ajustes o modificaciones, la bicicleta es un invento terminado, que muchos preferimos tal como es y que elegimos diariamente con la estructura básica que le dio origen.

Que hoy siga siendo de uso común, se explica quizá porque la bicicleta no está sujeta exclusivamente a la facilidad que ofrece para desplazarse, al tiempo que ahorra o a las distancias que reduce. Ante las promesas de velocidad, celeridad y presteza de otros vehículos, la bicicleta dejó hace muchos años de ser una herramienta para satisfacer necesidades. Su uso no depende hoy de las tareas que cumple. En nuestros días no montamos bicicleta solamente porque queramos llegar a un lugar o porque supla la necesidad de reducir los tiempos.

Homologando la intencionalidad de generaciones muy diferentes, niños y adultos encontramos en esta máquina de dos ruedas una predilección elevada, no porque sea un medio, sino porque es para muchos de nosotros, más que nada, un fin. Más allá del uso cotidiano para ir o para volver, hemos forjado una afición sublime por ese artefacto que nos ofrece la experiencia divina de no tener que poner, por unos minutos, los pies sobre la tierra.