“Graduado en la Universidad del Refraneo con altos honores, miembro del Gran Círculo de los Soneros, poeta de la calle, maleante honorario, héroe y mártir de las guerras cuchifriteras donde batalló valientemente por muchísimos años. Los ‘capitanes de la Mandinga’ lo respetaban. Por eso lo bautizaron ‘El Cantante de los Cantantes’. Los ‘beginers’ le temían. Cuando se trataba de labia, Héctor Lavoe era bravo. En cuestiones de negocio, amor y amistad, no lo era. El pueblo fue cómplice de esta tragedia. Héctor le podía mentar la madre a todo el mundo y el público se reía. Lo malcriaron”, esto dijo Willie Colón en el funeral de quien fuera su cantante más representativo; al momento del funeral, más este responso podría aplicarse hoy a su propia vida.

Y lo dijo desde el fondo de su alma atormentada, como era la de los nacidos en el sur del Bronx, ese mundo donde el hedor de las frutas en descomposición en el verano, la fragancia delictiva que se esparce cuando pasan los autos oscuros, lentamente, los mismos que no son ajenos a nadie –“todos saben que son policías” (Rubén Blades), terminan tocando las escaleras de incendio, las banderas de alquitrán que ondean en las terrazas boricuas, y el techo de la estación de trenes donde un pájaro se detiene a buscar la pureza de las mañanas. A Willie Colón lo llamaban ‘El Malote’ y también, en las emisoras de Cali, ‘el trombón sucio de la salsa’ por esa manera descarnada y poderosa de arrancar notas a su instrumento (Idilio), una forma de tocar que seguramente no se dará más porque estaba impregnada de una ciudad que también ha dejado de existir.

La primera vez que visité el Bronx fue en la noche y pensé que había descendido al infierno. Era el otoño de 1973; entre montañas de basuras circulaban personajes que parecían sacados de la novela ‘La hoguera de las vanidades’, de Tom Wolfe, personajes de ciudadanía noble, como los que describió Tite Curet en La Perla, pero dotados de un aura delincuencial paralizante. No era para correr -conservar la calma-, pero aquello se quedó en la memoria hasta los días de 1999, cuando regresé y habían desaparecido las flores del mal, los malandros, las montañas de basura.

Tocar desde esa autenticidad, aunque luego la vida le mostró otras fragancias -doctor Honoris Causa en Música, título otorgado por Trinity College en Hartford- mantuvo en su estro ese ímpetu de los capitanes de la Mandinga, de los guerreros del cuchifrito que se adentran en la playa de Luquillo con guapería, aunque hayan nacido en ‘Nuevayol’.

Músico, cantante, productor, protagonizó los grandes momentos de la historia de la salsa, junto a Héctor Lavoe y Rubén Blades, y junto a él mismo, con una voz nasal que suspiraba por las alcobas, susurraba versos en trova, en la romería de los mutilados, en la fantasía de los infelices, en el día a día de las meretrices, en todos los bandidos y desvalidos.

En Cali, la ciudad que amó todas sus canciones, seguirá vivo desde el acetato, desde la memoria de los barrios donde su canción ‘Tiempo pa´matar’ es un himno: “Por la tarde no hay nada/ salgo a buscar mis panas/ nos paramos en la esquina/ no hay nada por la avenida. Nos sentamos en la escalera y cantamos canciones viejas…”

Esperando el momento preciso y ahora es cuando es.