Si eres un narcoterrorista y estás leyendo estas líneas, mira el cielo y preocúpate.

Más pronto que tarde, los Estados Unidos entregarán a Colombia tres drones MQ-9A Reaper en préstamo y el país adquirirá una cuarta aeronave, muy probablemente artillada. Esta capacidad transformará la localización, el seguimiento y la neutralización de cabecillas y estructuras armadas que se desplazan en lo profundo del país y a través de sus fronteras.

El MQ-9A Reaper no es el dron de trescientos dólares que deja caer una granada sobre una patrulla. Es una aeronave remotamente pilotada de once metros de longitud y veinte de envergadura, capaz de permanecer más de 27 horas en el aire y de cargar 1746 kilogramos entre sensores y armamento. Pero su arma principal es la persistencia.

En su configuración conocida, sus sensores no penetran la densa selva. La cámara necesita línea de vista; el infrarrojo se pierde en el calor que reemite la copa del árbol, y el radar opera en banda Ku, con ondas que rebotan en las hojas. Los sistemas que sí ven bajo la vegetación —radares de baja frecuencia, LiDAR de alta densidad— entregan cartografía, no vigilancia en vivo, y funcionan mejor en bosque ralo que en selva cerrada. Lo único que cruza la selva sin esfuerzo es la señal de radio y la telefonía satelital, y ahí la interceptación rinde más que cualquier lente o sensor.

¿Y qué hace atractivo el arreglo para Washington? La selva colombiana es el laboratorio donde nuevos sensores se prueban en condiciones operativas reales, y donde se mide si las fuerzas del Escudo de las Américas funcionan integradas o solo son un acuerdo de foto.

Ecuador no ha anunciado la recepción de Reapers, pero desde marzo desarrolla operaciones conjuntas con Estados Unidos que ya incorporan capacidades aéreas y satelitales estadounidenses coordinadas desde Guayaquil y Manta. Sumadas a los Reapers colombianos, aumentan de manera sustancial la presión sobre Nariño, Putumayo, Cauca y los corredores del Pacífico. El intercambio de inteligencia reduce la utilidad de la frontera como refugio y permite relacionar movimientos terrestres, fluviales y marítimos de una misma organización. Y libera activos estadounidenses para concentrarse en el Caribe, donde los Reapers despegan desde Puerto Rico y alcanzan Venezuela sin necesidad de autorización de terceros países.

El impacto psicológico no está en ser localizado, sino en ignorar desde cuándo lleva uno bajo observación. Alguien pudo haber autorizado su eliminación hace meses. Solo falta la fecha. Y algo de eso ya se mide. En los últimos quince días, el interés de búsqueda por el MQ-9 Reaper en Colombia se disparó entre el 18 y el 19 de agosto, y no lo empujó Bogotá sino Cauca, Nariño y Putumayo. Los tres departamentos que encabezan la consulta son exactamente los tres donde el aparato tendría más sentido operativo. Alguien, en el suroccidente, está averiguando cómo es la máquina.

La reacción narcoterrorista será previsible. Las disidencias de las Farc, el ELN, los Comandos de la Frontera y el Clan del Golfo han aprendido que bajo la presión de los bombardeos deben movilizarse en unidades pequeñas, mandos itinerantes, comunicaciones reducidas y concentraciones cada vez más breves. Una adaptación probable será intensificar su presencia clandestina en veredas, corregimientos y periferias urbanas, lo que podría incrementar la disputa territorial y la violencia.

Matar a un cabecilla es reemplazarlo. Entender la estructura que lo produjo es desarticularla. Es por eso que la eficacia estratégica del Reaper no se medirá en objetivos destruidos, sino en redes descifradas. Es decir, horas de vigilancia convertidas en mapas: mensajeros, financiadores, depósitos, rutas, comunicaciones; y lo que une la cocaína con la minería ilegal, el tráfico de armas y las células urbanas.

El Reaper puede descubrir un campamento, seguir a un comandante y destruir un objetivo. Solo el Estado puede ocupar el territorio, proteger a la población y evitar que el enemigo regrese.