Los cambios vertiginosos que vemos hoy en día en el mundo entero nos obligan a desplegar una gran imaginación para poder comprenderlos. Hace tres años dicté en la universidad un curso sobre la globalización, bajo la idea de que teníamos que ponernos a tono con lo que sucedía en nuestro entorno. Hoy en día ya no podría dictar la misma materia porque las transformaciones en este breve período han sido insólitas. ¿Qué es lo que está en juego actualmente que sacude los parámetros básicos de nuestras vidas? Creo que quien tiene la palabra en este momento es la economía.

Asociamos por lo general el nombre de Marx con una implacable crítica del capitalismo, como un régimen explotador y despiadado, pero dejamos de lado el hecho de que en el Manifiesto del Partido Comunista se trasluce una gran admiración de su autor por lo que representa este régimen económico como una fuerza revolucionaria inaudita, que con su lógica implacable transforma de manera permanente todas las relaciones sociales. Vivimos en una ‘vorágine de perpetua desintegración y renovación’, como parte de un universo en el que ‘todo lo sólido se desvanece en el aire’, nos recuerda Marshall Berman en un famoso libro que lleva ese nombre.

La gran crisis de los años 1929-1935, conocida como la ‘Gran depresión’, despertó toda clase de temores con respecto al colapso del capitalismo, incrementados por los indicadores económicos positivos que estaba logrando la URSSS por la vía de la planificación económica. Durante varias décadas, el temor al ‘comunismo’ obligó al capitalismo a optar por una política regulativa que permitiera paliar sus efectos sociales negativos y servir de salvaguarda contra una revolución. Fue lo que se conoció como el ‘welfare state’ (Estado de bienestar), que aún sigue vigente en algunos países europeos.

Sin embargo, caído el socialismo entre 1989 y 1992, el capitalismo se quedó solo y se impuso sin trabas el modelo neoliberal que venía esbozándose desde varias décadas atrás. La crisis inmobiliaria de 2007-2008 volvió a prender las alarmas y reaparecieron los temores a que, por su lógica interna, se pudiera presentar una nueva crisis económica como la de 1929, que llevara al colapso al sistema económico que nos rige. Y es a partir de ese momento que se incuba lo que en este momento estamos presenciando.

El capitalismo está abocado a una exigencia permanente de generar ganancias, de mantener un crecimiento sostenido y un continuo movimiento del dinero para no caer en el colapso. El capital excedente necesita de nuevas inversiones, de nuevos mercados, de la conquista y la expansión geográfica en un movimiento vertiginoso. El capitalismo vive de una permanente revolución en las formas de la producción, la presión sobre los salarios, la flexibilización del trabajo, la supresión de la mano de obra; de la promoción del crédito, la renovación tecnológica, el crecimiento del sector financiero, la ampliación del consumo. Y en el marco de esa permanente expansión es que se pueden presentar precisamente los desajustes del sistema que en algún momento pueden llevar a una gran crisis mundial, a una desaceleración de la economía, a una caída del empleo, a una reducción drástica de la inversión.

Por ello, no hay que pensar que lo que está sucediendo actualmente desde los USA es un simple problema de ‘degradación moral’ de un grupo de dirigentes alrededor de Donald Trump, como afirman algunos, sino el efecto del movimiento subterráneo de una lógica capitalista que necesita reinventarse. Si ayer estuvo en el primer plano la ‘desindustrialización’ de los países desarrollados, hoy la situación puede revertirse en sentido inverso. La globalización, tan alabada por el neoliberalismo, hoy parece retroceder en favor de las fronteras nacionales al capital y a la mano de obra.

El discurso del secretario de Estado, Marco Rubio, en la Conferencia de Seguridad de Múnich el 14 de febrero, disfrazado en una retórica que defiende la cultura y la civilización occidental (Dante y Shakespeare; los Beattles y los Rollings Stones), no es otra cosa que un programa de renovación capitalista que en este momento está haciendo carrera en Estados Unidos, así no se mencione la expresión. A las cosas hay que llamarlas por su nombre. Recomiendo su lectura porque es un ‘documento bisagra’ entre dos épocas.