Cuando la avanzada edad no me había restringido la movilidad, siempre que jugaba el América iba con un amigo al ‘Pascual Guerrero’. Mi compañero era hincha furioso del cuadro rojo, y cuando salía el árbitro a la cancha, soltaba un madrazo que se escuchaba en todo el estadio: árbitro hp. La primera vez que escuché el insulto le pregunté por qué lo soltaba si el silbato no había iniciado su trabajo, y me respondió; ‘por si acaso’.
Esta anécdota sirve para decir que el más complicado oficio del mundo es el de arbitrar un partido de fútbol, porque en ninguna otra actividad se desbordan tanto las pasiones como las que se observan en una contienda futbolística, en la que ha habido muertos como sucedió hace años en Honduras y tiempo después en la cultísima Londres.
Cuando en Colombia se creó el fútbol profesional en 1948, la Dimayor trajo varios árbitros ingleses, que fueron un fracaso pues como no entendían ni una palabra de español no podían tener interlocución con los jugadores. Posteriormente hubo dos silbatos, ambos extranjeros pero que hablaban nuestro idioma; uno español, Jesús María Lires López, y el chileno Mario Canessa, en mi opinión uno de los mejores.
Traer a cuento a Canessa, me hace recordar que, por allá en 1967, Millonarios trajo al Santos en el que jugaba Pelé, a la sazón el mejor jugador del mundo. Jaime Serrano Rueda, mi querido compañero en la Cámara de Representantes y yo, resolvimos ir a El Campín pues era imposible que si el astro de la pelota estuviera en Bogotá nos quedáramos sin verlo. Al estadio no le cabía un alma más, empezó el juego y a los pocos minutos el árbitro colombiano Guillermo ‘Chato’ Velásquez vio el momento de pasar a la historia y por una falta sencilla que cometió Pelé, que no daba ni para amarilla, sacó la roja y lo expulsó. Se armó la grande, el público se emberracó al punto de que Jaime y yo pensábamos que allí íbamos a morir todos. Cuando hubo algo de calma sacaron a Velásquez, lo reemplazaron por uno de los jueces asistentes y Mario Canessa que estaba con traje de calle tomó el banderín y ofició de juez de línea el resto del partido. El buen” Chato” desde ese día entró en desgracia y no tuvo acceso a la inmortalidad.
He visto toda clase de árbitros, unos excelentes como Romualdo Alphi Fillo, el brasileño que antes de los partidos les dice a los jugadores que él no carga tarjeta amarilla para que tengan presente que la roja puede salir por cualquier falta que cometan, y pésimos como el argentino Pestani, que le hizo perder a nuestra selección su encuentro con Brasil en el mundial 2014 por no parar el juego cuando la bola tocó las piernas del silbato.
El mejor árbitro colombiano de toda la historia es Wilmar Roldán, cuya personalidad y conocimiento de los equipos que compiten bajo su silbato, hacen de él un juzgador confiable. Acaba de sacar a las librerías un delicioso libro con el título ‘Silbato de oro’, en el que cuenta que nació en Remedios Antioquia, con una docena de hermanos, de diversos padres. Desde chico quiso ser árbitro y pitaba en las competencias que había entre equipos de diversos municipios antioqueños. Así fue escalando pues de todas partes lo convocaban hasta que por fin pudo llegar al rentado nacional, en el que ha ratificado sus inmensas condiciones arbitrales.
Su silbato se oyó en los campeonatos mundiales de Brasil en 2014 y de Rusia en 2018.
Recomiendo la lectura del libro de Roldán por ser un texto que demuestra cómo puede lograrse lo imposible.