El primer temblor que sentí fue hace muchos años. En la Costa Caribe jamás temblaba. Estudiaba Medicina en la Universidad del Cauca, en Popayán; estaba en segundo año. Una compañera, María Eugenia Caro, a quien recuerdo con cariño, me invitó a estudiar en la biblioteca. El piso era de madera y comenzó a traquear.
Las mujeres, y ciertos animales, tienen un sexto sentido o una premonición para sentir antes un temblor. Ella salió corriendo. Yo me aterré por su comportamiento; sentía que algo sucedía. Me gritaba: “¡Joaquín, por favor, salga!”. Extrañado, le pregunté: “¿Qué pasó?”. Y me respondió: “¿Usted es bobo? ¡Tembló duro!”.
Desde esa época he sobrevivido, sin problemas, a diferentes sismos en Colombia y en el exterior. Pero el día de ayer todo fue diferente y estresante.
Estábamos operando a una paciente con una patología complicada, en compañía de mi hijo Andrés, mi anestesiólogo, a quien queremos mucho, y del doctor Peña, un eminente alumno. Estábamos en la Clínica Farallones.
Andrés me dijo: “Termina de cerrar el peritoneo y la fascia de los rectos abdominales, que voy a hacer la nota quirúrgica”.
Intempestivamente, la instrumentadora gritó: “¡Está temblando!”. Salió despavorida.
Me quedé quieto, miré a “Peñita” y me dijo: “Sí, salgamos al marco de la puerta”. Nos paramos allí.
Peña me dijo: “La paciente está con respirador, no hay problema, profe”.
Entonces empezó un ruido tenebroso. Se caían paredes, equipos médicos, medicamentos, sillas e instrumental quirúrgico. Quedamos los dos allí y, ahora sí, me entró el pánico. Pensé: “¡Se va a caer esta clínica!”.
Peña me consolaba: “Tranquilo, que de esta salimos”.
Mirábamos a la paciente. Estaba bien. Nunca la abandonamos.
La gente gritaba y se reunía en la portería. Ya cuando hubo un poco de calma, tomé una sutura y cerré la herida. Creo que rompí el récord mundial de velocidad en suturar un paciente. La estética no fue la mejor, pero todos salimos vivos.
Como había ascensor, bajé por las gradas con una angustia terrible, porque el personal de la clínica bajaba a los pacientes cargados. Mi hijo ya estaba afuera y me gritaba: “¡Rápido, papá, que esto se va a caer!”.
Había caos afuera y adentro. Por la gravedad del evento, afortunadamente el personal estaba entrenado para esta clase de emergencia. Vimos organización, sin cometer errores.
Jorge, nuestro fiel conductor, nos esperaba, más asustado que nosotros.
Llegar a la casa fue una odisea. Había un caos vehicular y, como siempre, las autoridades no nos dejaban avanzar. Me bajé, me identifiqué y les pedí, por favor, que me dejaran pasar: en mi casa estaba mi familia y no podía comunicarme con ellos.
Al llegar al apartamento, ese lugar de tantos años donde se criaron mis hijos, todo era ruinas. Las paredes estaban agrietadas; el televisor, el bar, las bibliotecas, la cocina, la sala-comedor y los clósets estaban caídos. Los cuadros y los espejos estaban en el suelo. Todo parecía como si hubiera caído un cilindro bomba de los que usan los violentos.
Los habitantes del condominio estaban afuera. Los perros aullaban. Los pajaritos que permanecen en el suelo estaban ahora en los árboles, silenciosos.
Todo era tristeza, solidaridad y temor ante las llamadas réplicas.
Yo vivo allí desde hace más de cincuenta años. Vi rostros adustos, tristes, pero también con deseos de seguir adelante.
Pensé que la vida es muy frágil. Hoy estamos aquí, en este mundo, y mañana podemos estar en otra dimensión, dejando un dolor profundo a nuestra familia y a nuestros amigos.
El pasado pasó. El futuro es incierto. El presente es el único válido.
Le doy gracias a Dios porque seguimos vivos. Lo material se recupera; la vida, no.
Tengo una reflexión: nacimos para morir, pero no queremos morir. Siempre anhelamos otra oportunidad.
Gracias a todos los que me han llamado y escrito con palabras de cariño y solidaridad. Dios los recompense.
Recuerden que siempre tienen un amigo, también solidario, y pueden contar conmigo, no hasta cuatro, sino hasta por siempre.
Antonio Joaquín García Sierra. Cali, Colombia