Errar es de humanos. Es un conocido refrán que nos recuerda que cometer fallas forma parte natural de la vida y de nuestra condición. Fallar es parte del aprendizaje; corregir demuestra madurez y sensatez. El poeta Alexander Pope expresó una célebre frase: “Errar es de humanos, perdonar es divino, rectificar de sabios”.
Inconmensurables y grandes errores de la humanidad han ocurrido desde que el hombre habita la Tierra. Cuando estamos escribiendo en el teléfono o en el computador, cometemos un error, activamos una tecla, borramos o deshacemos la última operación realizada. Lástima que no exista esa opción en la vida real para borrar; cuántas metidas de pata nos ahorraríamos.
No somos infalibles. La historia de la humanidad está repleta de errores y pésimas decisiones. Durante siglos hemos demostrado que nuestra terquedad y estupidez pueden llevarnos a las más altas cotas del fracaso: iniciar guerras, provocar enfermedades, plagas, accidentes, catástrofes y crisis mundiales y personales que se podrían haber evitado con un poquito más de prudencia y sentido común. Pero, a veces, el ego y la arrogancia nos llevan a cometer los mismos errores y tropiezos.
Los errores muchas veces tienen funestas consecuencias. Desde la expulsión del Edén de nuestros antepasados Adán y Eva por comer el fruto prohibido, hasta los desatinos que han costado la vida a muchas personas, han provocado la caída de imperios y han llevado a países a hundirse económicamente. Todos hemos metido la pata alguna vez. La razón nos juega malas pasadas.
Si fracasamos en algo que, en un principio, parece una idea genial, eso mismo le ocurrió a Aníbal cuando se empeñó en cruzar los Alpes con su voluminoso ejército de hombres, caballos y elefantes. También a Napoleón y a Hitler, cuando decidieron invadir Rusia en invierno. Ahora nos parece una locura, pero en ese momento estaban convencidos de lo que hacían.
Coca Cola cambió el sabor de su refresco, convencida de que iba a vender mucho más, pero fue al contrario y tuvo que volver al sabor original.
Grandes errores de la humanidad han sido cometidos por rabia, envidia, codicia, fe, orgullo, ego, lujuria y venganza. A simple vista parece sencillo no meter la pata, pero la historia demuestra que todos cometemos errores y fracasos. Nos guste o no, somos así.
Probablemente nos seguiremos equivocando, pero está bien conocer el camino que ya hemos recorrido: “Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”.
Los errores no son tan inocentes como parecen, porque las consecuencias pueden ser terribles y desestabilizadoras. Cuando son cometidos por gobernantes, pueden afectar a cientos de personas y provocar que miles pierdan la vida por negligencia y malas decisiones. En la salud, cualquier error puede cobrar vidas.
A nadie le gusta morir, mucho menos de una forma absurda y por una metida de pata, falta de habilidad o imprudencia. Las personas han viajado al otro mundo de las formas más tontas posibles.
Acuñé una de mis frases: “El que no comete errores en medicina, nunca ha ejercido la profesión”. Les enseño a mis alumnos que hay que evitar cometer errores al mínimo.
El único infalible es Dios. La soberbia no es un buen aliado. Si cometes un error, acéptalo, corrígelo y tómalo como una enseñanza para nunca volverlo a cometer.
Lo ideal es que haya cero errores en todas las actividades de la vida, porque errar es de humanos. Los únicos que no se equivocan son los imbéciles.