“Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales, que son dotados por su Creador de derechos inalienables, que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Con estas palabras, del segundo párrafo de la declaración de Independencia de las 13 colonias del 4 de julio de 1776, se marcaba el derrotero de lo que sería la nueva nación que rompía sus cadenas con el Imperio Británico, resaltando el valor de las libertades individuales. Los Estados Unidos de América.

Inspirado en las instituciones de la República romana, la Magna Carta de 1215, la ley consuetudinaria inglesa y la Ilustración europea, nacería un Estado con un constitucionalismo radical, cuya constitución, promulgada 11 años después de la independencia, establecía a nombre de ‘nosotros el pueblo’ la democracia representativa, separación de poderes, contrato social entre gobernados y gobernantes, federalismo y protección de la propiedad privada.

La religión ha sido un pilar fundacional de los Estados Unidos, cuyos primeros peregrinos fueron puritanos de la iglesia reformada protestante, llegados en el Mayflower. ‘In God we trust’, ‘En Dios creemos’, aparece en el centro de los billetes de un dólar hasta el día de hoy.

La consolidación de la Nación Americana fue un proceso histórico turbulento marcado por el sometimiento y desplazamiento de las tribus aborígenes, la esclavitud, el secesionismo y la cruenta guerra civil. Bajo la doctrina del ‘Destino manifiesto’ vino la expansión hacia el oeste, la compra de territorio a Francia y la guerra contra México, al que le arrebataron más de dos millones de kilómetros cuadrados. Para 1853, Estados Unidos había consolidado su territorio continental entre el Atlántico y el Pacífico, al cual se agregaría Alaska en 1857 con la compra a la Rusia zarista y, posteriormente, la anexión de Hawái como el Estado cincuenta.

La filosofía de que no hay obstáculo insalvable, que las fronteras, físicas, intelectuales, científicas y tecnológicas, son para conquistarlas y rebasarlas, que el uso de la fuerza es legítimo, tanto a nivel individual, segunda enmienda de la constitución, como a nivel de la nación, convirtieron a Estados Unidos en la gran potencia global. Tras la victoria en la Segunda Guerra Mundial, armas atómicas incluidas, Estados Unidos se consolida como la gran potencia militar del planeta.

El poder blando americano se forjaría con la industria del cine, la carrera espacial, las universidades, ‘la comida rápida’, el inglés, la cultura, la música, la literatura, sus industrias de consumo masivo, sus medios de comunicación globales y la protección de patentes e inventos, por mencionar solo algunos. El poder diplomático con la sede de Naciones Unidas y la OEA, el dólar como moneda de cambio, su control sobre el sistema financiero a través del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el BID.

Su liderazgo tecnológico a través del internet, nacido en el Departamento de Defensa y las grandes compañías tecnológicas, cuyo poder excede el de la mayoría de los Estados del planeta y que ha facilitado el acceso a miles de millones de seres humanos a información, educación, comercio, comunicación, interacción, creando una nueva dimensión del poder americano en el Siglo XXI. La nación con el destino manifiesto que organizó el orden mundial a su imagen y semejanza, la nación indispensable.

Una nación que en su aniversario 250 enfrenta grandes desafíos en un mundo cambiante: polarización política extrema, tensiones raciales, desigualdad económica, una deuda pública estratosférica, una clase media que pierde su zona de confort, entre otros. A nivel externo, el ascenso de China, la crisis del multilateralismo, el resquebrajamiento de sus alianzas, la imposición de aranceles y un largo menú de turbulencias globales.

Sin embargo, Estados Unidos es Estados Unidos. Se reinventará ante las nuevas circunstancias.