Columnistas
Gustavo Petro
La sola enumeración de los poderes que tuvo que enfrentar Petro para poner en marcha el programa de reformas por el que fue elegido hace que lo que consiguió resulte casi un milagro.
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19 de jun de 2026, 12:47 a. m.
Actualizado el 19 de jun de 2026, 12:47 a. m.
Para mí, la elección del próximo domingo no es simplemente entre dos candidatos, sino entre continuar o interrumpir la obra de gobierno realizada por Gustavo Petro desde la Presidencia de la República. Que contó desde antes incluso de que se posesionara del cargo con la tenaz oposición de quienes controlan importantes parcelas de poder: los medios, la banca, las multinacionales, los latifundistas, las mayorías parlamentarias, el poder Judicial y el Consejo Nacional Electoral, que se abroga el privilegio tanto de decidir qué empresas se contratan para proporcionar los software que cuentan y verifican los resultados electorales como de elegir a quienes supervisan el procesamiento de dichos resultados.
La sola enumeración de los poderes que tuvo que enfrentar Petro para poner en marcha el programa de reformas por el que fue elegido hace que lo que consiguió resulte casi un milagro. La reforma laboral, la subida del salario mínimo, la legislación favorable al campesinado, así como un reparto de tierras entre los trabajadores agrícolas que dista mucho del que es necesario para realizar una auténtica reforma agraria, pero que superó con creces los escasos logros conseguidos por los gobiernos anteriores en el último medio siglo. E incluso antes. También amplió y fortaleció la educación pública a todos los niveles.
No logró la indispensable reforma del corrupto sistema de salud pública impuesto por el gobierno de César Gaviria, debido a la feroz oposición de las mayorías parlamentarias, financiadas por los parásitos que se benefician de dicho sistema. Tampoco logró avances significativos en la reindustrialización del país y fracasó su proyecto de paz total, su respuesta al deseo de la mayoría del pueblo de obtener la paz después de tantas décadas de guerra fratricida.
Impidieron que lograra la demonización de la misma por los medios y, sobre todo, la impunidad que protegió a los autores intelectuales y materiales del asesinato de miles de exguerrilleros firmantes de la paz y de líderes populares comprometidos con la democracia y los derechos humanos. La impunidad que movió a una fracción de las Farc a tomar de nuevo las armas y reforzó los delirios mesiánicos del Eln, potenciando sus recelos ante cualquier negociación de paz con ‘la oligarquía’.
Este es el legado político de Petro que sus adversarios pretenden sepultar y que yo, por el contrario, deseo que se asuma y se le dé continuidad.

Historiador y crítico de arte. Profesor de la Unviersidad Europea de Madrid y corresponsal de la revista ArtNexus en España. Es columnista del diario El Pais de Cali desde 1994.
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