En seis días, Colombia no elige un presidente, sino un espejo, y lo que aparece ahí, si uno mira sin autoengañarse, es un país que en cuatro años aprendió a sobrevivir, pero olvidó cómo gobernarse, que lleva años confundiendo la rabia con la lucidez y la emoción con la política.

El problema más hondo no es quién gane, sino que buena parte de la dirigencia compite por administrar el incendio, no por apagarlo, unos movilizando el miedo al pasado, otros el miedo al futuro, y casi nadie hablando con seriedad del país que habrá que sostener cuando termine la plaza pública y empiece la dura aritmética de mandar.

La crisis institucional colombiana no es nueva ni sorpresiva; lo que sí ha cambiado es la profundidad del vaciamiento, porque las instituciones siguen ahí, en pie, con sus rótulos y sus rituales, pero despojadas de autoridad moral, convertidas en trincheras, usadas como botín, con un Congreso donde las leyes se compran y se venden, decenas de partidos que formaron clientelas y un Estado territorial que divaga entre la captura y el abandono.

Y sin embargo, ese andamiaje de corrupción y mediocridad sigue siendo el único suelo firme que tenemos. Lo que Colombia padece no es un derrumbe espectacular, sino la normalización del deterioro, la costumbre de vivir entre escándalos y un presidente que convirtió el ridículo en sello personal. Hay un puñado muy pequeño que entiende cómo se construye una Nación, con paciencia fiscal, burocracias competentes y una justicia que funcione. Son pocos, hablan más bajo que los demagogos, y casi nunca ganan, porque un electorado que vota con las vísceras rara vez llega hasta la letra menuda.

No voy a decirle por quién votar, eso ya no importa. Sí a pedirle, especialmente a una juventud que en buena parte cambió la ambición por el resentimiento y confunde la exigencia con la opresión, que se detenga a pensar en lo que viene, porque el próximo gobierno no heredará solo una economía frágil, sino tres transiciones simultáneas para las que el país llega sin mapa, y serán ustedes quienes las aprovechen o quienes las padezcan, con Cuba o Venezuela y tantos más como espejo de lo que ocurre cuando una generación entera le entrega el futuro a quienes prometían redimirla.

La primera es tecnológica. La inteligencia artificial ya eliminó más de 300 millones de empleos formales en el mundo y avanza a velocidades que ninguna política pública colombiana ha comenzado a procesar. La discusión ya no es cómo crear empleo en el sentido antiguo, sino cómo garantizar capacidades e ingresos en una economía que no espera a nadie, y menos a los rezagados.

La segunda es hídrica. Colombia tiene el 10 por ciento del agua dulce del planeta y la está destruyendo con una eficiencia que asombra: ríos contaminados, cuencas deterioradas, sistemas que encarecen el agua potable y amenazan la producción agrícola y energética. El agua será el recurso más disputado del siglo, y este país llega al debate despilfarrando lo que otros quisieran tener.

La tercera es la seguridad, pero entendida de verdad. Un país donde el 60 por ciento de las empresas reporta extorsión como costo operativo destruye lentamente su tejido social desde adentro. Las sociedades que logran vivir en paz no son las que matan más, sino las que consiguen que la ley sea más fuerte que el miedo.

El tarjetón no salva países, pero a veces evita que terminen de hundirse. En primera vuelta todavía existe la convicción. Úsela. En segunda —y todo indica que la habrá— ya no habrá horizonte, solo dos precipicios frente a frente, y la única decisión posible será calcular, fríamente, cuál tiene el fondo menos duro.

*Consultor internacional