Me han llamado la atención las canciones que hacen referencia a personajes, amigos y familiares, principalmente en la salsa, el vallenato, la música tropical, los boleros y otros géneros musicales.
Desde niño, en Cereté, escuché el porro ‘Roque Guzmán’, compuesto por Luis Felipe ‘El Cabo’ Herrán. Roque Guzmán era un ganadero y parrandero que, en su hacienda La Fortuna, realizaba unas parrandas míticas que duraban siete días y, a veces, hasta un mes. Invitaba a personajes de la Costa Atlántica, llevaba bandas musicales y varios reconocidos juglares vallenatos, como Alejo Durán, Andrés Landero, Abel Antonio Villa y Luis Enrique Martínez, además de los Gaiteros de San Jacinto.
Bautizaba las parrandas como ‘El Colegio’. Se tomaban bultos de ron que tenían 50 botellas y el promedio era de ocho bultos. Sacrificaba una vaca, seis cerdos y sesenta gallinas. La canción dice:
“Por el camino de Manguelito
viene mi compadre Roque Guzmán,
en su caballo alazán,
lleno de orgullo viene a parrandear.
Roque Guzmán, Roque Guzmán”.
Posteriormente, escuché el porro ‘Arturo García’, compuesto por Lucho Bermúdez. Arturo García era un ganadero y personaje del Carmen de Bolívar. La canción ha sido interpretada por diferentes orquestas del mundo:
“Arturo, Arturo García
es un hombre bondadoso,
es el rey de la alegría
de un sentir maravilloso.
En Ovejas y San Juanse distingue al sabanero;
en el Carmen y Corozal,
don Arturo es el primero”.
Otro porro contemporáneo de esa época es ‘Roberto Ruiz’, compuesto por Antolín Lenes, de Ciénaga de Oro. Roberto Ruiz era un personaje generoso y gastador. No era un hombre rico. Falleció en 2004, en condiciones precarias y abandonado por sus mujeres y amigos. Era hijo de Valeria Ruiz, hermana de mi abuela materna.
La canción dice:
“Si quieres una cerveza,
un trago de vino y uno de anís,
por eso no te preocupes,
que eso lo paga Roberto Ruiz.
Cuando llega a la parranda
todos lo miran y nadie lo tacha.
Se llama Roberto Ruiz,
el preferido de las muchachas”.
Rafael Escalona compuso uno de los vallenatos más sublimes y hermosos que un amigo le puede dedicar a otro: ‘Jaime Molina’, considerada una elegía vallenata, cuando el dolor se vuelve canción:
“La cosa empezó muy niño,
cuando Jaime Molina me enseñó a beber.
Cuando estaba borracho ponía esta condición:
si yo muero primero, me haces un retrato;
o si él moría primero, me sacaba un son.
Ahora prefiero esta condición:
que él me haga el retrato
y no sacarle el son”.
Otro vallenato sabanero lo compuso Adolfo Pacheco. Es ‘El viejo Miguel’, dedicado a su padre cuando se fue de San Jacinto hacia Barranquilla:
“Buscando consuelo,
buscando paz y tranquilidad,
el viejo Miguel del pueblo se fue,
muy decepcionado.
Y a mí me desespera y me da dolor,
porque la ciudad tiene su destino y su mal.
Para el provinciano solo queda el recuerdo
de una amistad que dejó
en la tierra querida de sus paisanos”.
No podía faltar una canción de Leandro Díaz, el ciego, insigne compositor de la música vallenata. Leandro le compuso a una mujer de quien se enamoró, pero que nunca le correspondió, llamada Matilde Lina:
“Un mediodía que estuve pensando
en la mujer que me hizo soñar,
las aguas del río Tocaimo
me dieron fuerza para cantar.
El sentimiento se hizo más grande,
era que estaba pensando en Matilde Lina.
Elegante, todas la admiran
y en su tierra tiene fama.
Cuando Matilde camina,
hasta sonríe la sabana”.
Esta última estrofa es considerada por mi amigo Juan Gossaín como un verso sublime, propio de un verdadero poeta.
Otra canción del folclor vallenato, del maestro Julio Erazo, cuenta que su compadre Anselmo Montes, ‘Chemo’, lo invitó a una fiesta el 2 de enero y él se olvidó porque se tomó unos tragos. El guayabo no lo dejó ir:
“Tengo pena con compadre Chemo,
tengo pena porque yo no fui
a la fiesta del 2 de enero
y tanto que le prometí.
Estoy pensando en el resentimiento
que mi falta le proporcionó.
Le prometo que en el año entrante
a su fiesta yo me voy adelante.
Tenga listo un puerco,
tenga listo un pavo,
tenga buenos discos y un buen trago
y tenga remedio para el guayabo,
que yo sería el primero
en su cumpleaños”.
Hay otra canción de salsa, de Cuco Valoy, que a mí me gusta mucho. Se llama ‘Juliana’. Cuco contó que surgió de un desengaño amoroso que sufrió en su juventud:
“Juliana, qué mala eres,
qué mala eres, Juliana.
He escrito esta carta
para que sepas de mí
y cómo me encuentro.
Y solo me encuentro
por tenerte a ti.
Al escribirte recuerdo
las palabras de mi madre,
pero como yo te quería,
nunca le quise escuchar.
Juliana, qué mala eres, Juliana.
Te fuiste a Nueva York
Con tu visa de paseo
y yo aquí, en Santo Domingo,
tu amor esperando.
Pero me contaron
que con otro te casaste.
Juliana, qué mala eres, Juliana.
Me has engañado,
me has traicionado.
Juliana, te maldigo.
Juliana, que seas feliz.
Juliana, qué mala eres”.
La lista es interminable. Hay clásicos románticos y costumbristas, letras profundas y melodías emotivas que conectan con la nostalgia, el amor y el desamor; que reviven emociones humanas universales como la alegría y la tristeza; que nos hacen conectar de manera profunda con nuestros sentimientos y expresan aquello que nosotros no podemos decir.
La música es un vehículo poderoso para expresar lo que sienten el cerebro y el corazón. A través de ella, los artistas y compositores plasman sus sentimientos más íntimos, convirtiendo experiencias, recuerdos, personajes y emociones en canciones que permanecen en la memoria de quienes las escuchan.