En una investigación internacional se muestra cómo a la gente que vive en la calle, aquellos ‘sin techo’, no les da cáncer. Presentan otras patologías complicadas o desnutrición, pero no la ‘popular’ enfermedad moderna, reafirmando la teoría del médico alemán Hamer, de que el cáncer es una ‘respuesta’ a emociones como la culpa, la ira y la vergüenza, que no se han podido asimilar y entonces ‘el cuerpo habla’ a través de la patología. Y es tan obvio que la enfermedad es un síntoma concordante con la sociedad en que se vive, que ya hay un grupo de profesionales solicitando revisión de las patologías clasificadas en el DSM-5, por lo obsoleto que pueda estar para el momento presente.
Sí, la enfermedad es un lenguaje. Y a pesar del gran colapso del sistema de salud en Colombia, el asunto no es solo nuestro. Pacientes en Canadá y España, por ejemplo, hablan de citas para diagnósticos y tratamiento que se demoran de tres a seis meses. O sea que la inquietud no puede reducirse solo a nuestro país. La pregunta es más profunda: ¿por qué, a pesar de los adelantos científicos en conocimientos, diagnósticos y laboratorios, los enfermos se multiplican? ¿Por qué la ciencia no ‘disminuye’ las patologías, sino que, por el contrario, se acrecientan?
Sí, hay factores como el cambio climático, el alimento marcado por la tecnología y químicos que ‘envenenan’, lo que contribuye al incremento de dolencias. Pero son los factores sociales los que disparan su multiplicación, reflejándose en el cuerpo, aunque la causa pertenece a otro nivel. La emoción fue la hermanita minusválida de la razón y nunca se le paró bolas. No se la veía, no se la ubicaba físicamente en ningún órgano. Además, era sinónimo de flojera o debilidad: no valía la pena ponerle atención. Con ejercicios de voluntad se podía superar…Pero, al haberla minimizado de una manera tan radical, las emociones, tan humanas y necesarias como la razón, se desbordaron. Yuval Noah Harari, historiador israelí, plantea que para este 2026 la nueva pandemia estará por el lado de la salud emocional. Yuval muestra cómo los políticos hablan de inflación, finanzas, economía, con cifras revisadas casi a diario, pero ninguno (o acaso alguien) tiene en cuenta las filas de personas buscando citas de psiquiatría o psicología, o las necesidades de clínicas mentales que alivianen las crisis de angustia, ansiedad o depresión. Estos datos parecen intrascendentes pero está desbordados. ¿A quién le interesan? Porque fueron el mundo, la sociedad, el sistema los que colapsaron. El sentido de la vida pareciera que solo pasa por el éxito, el poder, el billete, la apariencia, el acumular. El fiasco es total. Ya ni siquiera el conocimiento es un objetivo para darle sentido a estar vivo. La información se desborda por todos los canales y redes y no hay necesidad de retener datos. Basta con hundir un botón y tienes toda una biblioteca ante tus ojos.
La enfermedad es un lenguaje, por ello es tan importante descifrar el código secreto de esa patología. Y claro, las enfermedades también tienen ‘ganancias’, lo que significa que una persona enferma puede recibir algún trato especial, lo que significa que con su enfermedad ‘gana’. Sucede a menudo con los niños (pasan a la cama de papá y mamá, no van al ‘cole’), lo que significa que nombran su carencia desde la enfermedad para ser ‘atendidos’. La enfermedad no es solo una dolencia física. Cada órgano del cuerpo representa una emoción que debo destrabar porque lo que no se habla se vuelve tumor.