Hay acontecimientos que duran apenas unos segundos, pero que son capaces de cambiar para siempre la forma de entender la vida. El reciente terremoto en Venezuela fue lamentablemente uno de ellos. Mientras observaba las imágenes de personas saliendo de los edificios, abrazando a sus familias y tratando de comprender lo que acababa de ocurrir, pensé en una realidad que todos conocemos, pero ignoramos. Vivimos como si el mañana estuviera garantizado.

Como empresarios, dedicamos buena parte de nuestra vida a planear el futuro. Definimos estrategias, proyectamos el crecimiento, hacemos presupuestos y trabajamos para construir empresas cada vez más sólidas. Sin embargo, basta que la tierra se mueva durante unos segundos para recordar que existen fuerzas infinitamente más grandes que cualquiera de nuestros planes.

Trabajar, emprender, ahorrar y construir patrimonio no tiene nada de malo; por el contrario, es una forma de crear bienestar para nuestras familias, generar empleo y aportar al desarrollo de la sociedad. El problema comienza cuando casi sin darnos cuenta, dejamos que la empresa o el trabajo ocupe el lugar que le corresponde a la vida y olvidamos que el patrimonio es un medio para vivir mejor, no el propósito de vivir.

La naturaleza no distingue entre quien tiene mucho y quien tiene poco. Un terremoto no pregunta, antes de sacudir los cimientos de un edificio, cuánto dinero hay en nuestra cuenta bancaria ni cuánto valen nuestros bienes. En esos momentos desaparecen las jerarquías, los cargos, los títulos y las posesiones. Solo queda el inmenso deseo de seguir con vida y de encontrar sanos y salvos a quienes amamos.

Los desastres naturales tienen una extraña capacidad para devolvernos bruscamente la perspectiva. Nos recuerdan que la agenda puede esperar, que muchas discusiones eran innecesarias y que las decisiones verdaderamente importantes casi siempre son las que venimos aplazando. Expresar genuinamente nuestros sentimientos, compartir más tiempo con nuestros hijos, visitar a nuestros padres o simplemente disfrutar de la vida, son decisiones que solemos dejar para después, como si ese después estuviera garantizado.

He pasado buena parte de mi vida calculando cuánto valen las empresas, analizando sus activos, su capacidad de crecer y el futuro que pueden llegar a tener. Sin embargo, con el paso de los años he aprendido que ningún modelo financiero es capaz de calcular el valor de una vida humana. No existe una fórmula que mida el amor de una familia, la confianza que inspiramos, los principios con los que actuamos o la huella que dejamos en quienes nos rodean. Y, paradójicamente, esas son las únicas cosas que realmente permanecen cuando todo lo demás puede desaparecer en un instante.

Tal vez el verdadero éxito no se mida por todo lo que lleguemos a poseer, sino por aquello que seguiría teniendo valor aun si un día lo perdiéramos todo. La tierra deja de temblar y la vida continúa su curso. La verdadera pregunta es si nosotros seguiremos igual o si tendremos la sabiduría para cambiar nuestras prioridades después de evidenciar lo frágil que puede ser la vida.