Algunas familias colombianas han sido víctimas de piratas en el cercano Pacífico. Despojados de sus pocos valores y ultrajados, han visto cómo su deseo de conocer el mar termina en pesadilla cuando son abordados en alta mar rumbo a una playa cercana.
Se han mellado tanto los perfiles, que ya hasta los piratas no lo parecen, si nos atenemos a la imagen de Abdul Kadhir, un joven somalí de 16 años que ingresó con grillos en una corte de Nueva York.
Nos tocó en este insípido Siglo XXI decir adiós también a esa idea que se tenía del pirata o de su estereotipo, motivo de tantas historias románticas. Para los niños que han leído hoy la historia del Capitán Garfio, de Peter Pan, y los Niños Perdidos, o para los que conocen historias de corsarios verdaderos como Sir Henry Morgan, Sir Francis Drake o Jean Laffite, un pirata sigue siendo ese personaje de cabello largo, parche en el ojo y guacamayo en el hombro, alguien que es capaz de cantar una tonada de versos inocentes en medio de un fiero abordaje o de perseguir a una mujer hasta las Azores, solo para colgarle un cinturón de perlas alrededor del ombligo.
Tengo la idea fija de un pirata o de su carácter más verídico, por el personaje inolvidable de Robert Louis Stevenson en ‘La isla del tesoro’. Nada le faltaba; además de gruñón, tenía una pierna de palo y distinguía bien entre una botella de ron de Jamaica y un tonel de whisky añejo guardado en el meandro de algún estero cenagoso.
Vi la sonrisa del piratita somalí que caminaba a tientas entre sus guardianes, rumbo a la corte de Nueva York, donde desempolvaron una vieja ley federal que quizá lo condene a prisión perpetua. No por africano y por no llevar al hombro un loro que arrea madres en portugués, deja de ser pirata. Lo es tanto como aquellos que arrastraron la plaga de la peste por las calles de Cartagena de Indias, después de meterle fuego a los templos y remolcar por los muelles enormes campanas de bronce. Solo que ahora, a cambio de bergantines con ojos de buey que escupen balas de cañón, los modernos piratas africanos van en lanchas rápidas, con megáfono, celulares, rockets y ametralladoras.
No usan botas de cordobán remangadas en la rodilla, ni espadas afiladas en las fraguas de Paramaribo; tampoco izan en sus naos banderas calavéricas, ni entran a saco en los puertos, inspirados por oceánicas borracheras. Los de ahora en el Golfo de Adén, junto al Cuerno de África, van descalzos, llevan al hombro un Kalashnikov, como si fuera un maletín escolar, y hacen parte de una bien entrenada mafia internacional que quizá tenga su base en Londres, en el mismo Nueva York o en Florida.
El verdadero pirata del cuento debe estar ahora acariciando la cabeza de un gato en una suite refrigerada de Miami Beach. Se sabe que por estos secuestros en el Golfo de Adén se han cobrado millones de dólares y es claro, aun para los que saben poco de piratería, que no son estos adolescentes de rostro asustadizo los que guardan esos tesoros.
En este moderno cuento de la piratería hay que buscar a los filibusteros mayores donde menos se cree. Igual pasa en Europa hoy, donde miles de africanos son explotados en las calles de Madrid, Londres, París o Lisboa por mafias que los mandan a vender discos piratas, relojes Rolex hechos en China, maletas ‘Louis Vuitton’ de tres por dos pesos y hasta bisutería Gucci. Todo chiviado y a las puertas de Harrods o el Corte Inglés. Esta mafia extiende hoy sus tentáculos hasta el barrio chino de Nueva York. Ahí, en Canal Street, la policía hace frecuentes batidas y detiene a un buen número de africanos. Sin embargo, nunca logran identificar a los verdaderos responsables.
Así que dejémonos de romances. Aquello de ‘a la luz de la pálida luna/ en un barco pirata nací’, quedó atrás. Estos exóticos piratas somalíes son apenas la punta de un gigantesco iceberg de corrupción con ramificaciones en el mundo occidental.