Existe un momento en la paternidad que no llega con una fecha, ni con una ceremonia, ni con un diploma. Normalmente llega en silencio y sin avisar. De pronto, el padre o la madre entiende —con una mezcla de orgullo y vértigo— que ese niño ya no es ‘su niño’. Es un individuo. Y seguirá su camino con decisiones propias, con errores propios, con alegrías que ya no dependerán de nosotros. Esa constatación duele un poco porque rompe una ilusión: la de que el amor, por sí solo, alcanza para evitarles la vida.
En esta época, ese golpe de realidad se siente más fuerte. Nuestros hijos crecen con acceso a conocimiento infinito, con ventanas abiertas al mundo entero: ideas, estilos de vida, conversaciones, causas, oportunidades. Eso es una fortuna. Pero también los expone a comparaciones sin fin y a dificultades que trascienden las fronteras de su barrio, su colegio o su país. Se comparan con vidas editadas, con cuerpos perfectos, con logros prematuros. Se enfrentan a discursos que relativizan todo; sienten presiones que antes eran menos visibles o llegaban más tarde. Y nosotros, viendo esa complejidad, respondemos con el instinto más básico: entrar y proteger.
El problema es que, sin notarlo, podemos convertir la protección en una burbuja. Una burbuja bien intencionada donde hay horarios controlados, decisiones filtradas, frustraciones evitadas, tropiezos resueltos antes de que ocurran. Protege, sí. Pero también puede dejar una consecuencia silenciosa en la que niños y adolescentes crecen sin practicar lo que más necesitarán afuera como tolerancia a la incomodidad, criterio propio, paciencia, manejo del fracaso, capacidad de pedir ayuda, habilidad para sostener una conversación difícil. En el afán de evitarles el golpe, los privamos del entrenamiento.
Y por eso llega un punto en su desarrollo —no siempre al mismo tiempo para todos— en el que el rol del padre cambia de manera radical, de escudo a respaldo. De resolver a acompañar. De tener el control a sostener la confianza. Es un tránsito duro porque nos obliga a aceptar que educar no es fabricar una vida segura, sino formar a una persona capaz. Con valores, sí. Con límites, sí. Pero también con herramientas para caminar cuando no estemos al lado.
Confiar no es abandonar. Confiar es hacerse a un lado sin desaparecer. Es decir “estoy aquí”, pero no como el que dirige, sino como el que sostiene. Es permitir que enfrenten sus desafíos como un ritual de paso, como una forma de aprender a habitar el mundo con autonomía, a tomar decisiones y hacerse responsables de ellas. Implica riesgos, claro. Implica verlos sufrir por algo que podríamos evitarles. Implica tragarse el impulso de intervenir. Pero también abre la puerta a una posibilidad que a veces olvidamos: que todo salga bien. Que sean mejores. Que, con lo que les dimos y con lo que la vida les enseñe, lleguen a ser personas más íntegras, más valientes y más compasivas de lo que imaginamos.
Proteger es un acto de amor, pero confiar también lo es. Y tal vez la madurez de la paternidad consiste en saber cuándo cambiar de uno a otro, sin culpa y sin orgullo. Porque llega un día en que el mayor regalo no es evitarles el camino, sino haberles dado las herramientas, los valores para enseñarles a caminarlo.