Hay momentos en la historia de las naciones en los que votar deja de ser un simple derecho ciudadano para convertirse en un deber moral con la democracia, con las futuras generaciones y obviamente con el país. Colombia vive hoy uno de esos momentos.

El próximo domingo 31 de mayo no elegiremos únicamente un presidente de la República. Elegiremos entre continuar el camino de la confrontación, el debilitamiento institucional y el caos económico y social, o recuperar el rumbo de una Nación que, durante décadas, con enormes sacrificios, logró construir democracia, estabilidad y esperanza.

El país atraviesa una profunda crisis de confianza. La inseguridad volvió a tomarse regiones enteras; grupos criminales y narcotraficantes recuperaron poder territorial; las masacres y extorsiones aumentaron; miles de colombianos sienten nuevamente miedo en sus propias ciudades y campos.

La economía también ha sufrido severamente. La incertidumbre política y los mensajes hostiles contra el sector productivo han debilitado la confianza inversionista, frenando oportunidades de empleo formal y crecimiento. Empresarios nacionales y extranjeros observan con preocupación un presidente que gobierna desde la improvisación y la confrontación ideológica antes que desde la responsabilidad técnica y el interés nacional.

Pero quizás el daño más crítico ha sido el progresivo deterioro institucional. Cuando desde el poder se desacredita permanentemente a la Justicia, se intimida a los organismos de control, se descalifica al Congreso, se gobierna desde la polarización y se pretende dividir a los ciudadanos entre enemigos y aliados, lo que se erosiona no es un partido político: es la democracia misma.

Las democracias no mueren únicamente con golpes de Estado. También pueden desgastarse lentamente cuando se debilita el respeto por las instituciones, por la ley, por la separación de poderes y por las libertades ciudadanas. Muchos colombianos sienten hoy frustración, cansancio e incluso desesperanza. Pero la respuesta no puede ser la indiferencia. La abstención jamás ha solucionado las crisis de las naciones. Cuando los ciudadanos inconformes renuncian a participar, otros terminan decidiendo el futuro del país. Quedarse en casa el domingo puede ser la decisión más desacertada.

Esta elección exige reflexión, responsabilidad y memoria histórica. Colombia no puede seguir atrapada en discursos radicales, promesas imposibles ni proyectos políticos que profundicen el costo que tendrán que pagar las futuras generaciones por el excesivo derroche y endeudamiento del Estado. Adicionalmente, necesitamos recuperar la serenidad institucional, la confianza económica, la seguridad democrática y el respeto por las reglas de juego que sostienen nuestra República. Necesitamos un liderazgo preparado, firme, democrático que no divida sino capaz de unir a Colombia alrededor de objetivos comunes.

En lo personal, mi voto será por Paloma Valencia. Y lo hago convencida de que representa experiencia, conocimiento profundo del Estado y una defensa coherente de las instituciones democráticas del país. Ha sido una voz firme frente a los excesos del poder, una mujer de convicciones claras y una dirigente que entiende que Colombia necesita reconstruirse desde la legalidad, la seguridad, la generación de empleo y la unión nacional. Sin importar el partido político, la región o la ideología de los ciudadanos; el país necesita en esta coyuntura sumar capacidades y voluntades para superar la crisis actual.

Otros colombianos descontentos con la situación actual respaldarán legítimamente opciones como la de Abelardo de la Espriella, quien también ha expresado la necesidad urgente de recuperar el orden institucional y el rumbo del país. Lo verdaderamente importante es entender que esta elección no admite apatía ni ligereza.

Estamos frente a una decisión histórica entre fortalecer la democracia o seguir debilitándola; entre recuperar la confianza o profundizar la incertidumbre; entre reconstruir el país o resignarnos a su deterioro.

Las naciones salen adelante cuando sus ciudadanos entienden que la democracia no se hereda: se defiende. Y se defiende participando.

Hoy domingo no podemos guardar silencio. Abstenernos sería entregarle al país a quienes generaron este caos. Debemos salir y votar con conciencia, con responsabilidad y pensando en el futuro que queremos dejarles a nuestros hijos y nietos. Nuestro futuro no puede quedar en manos de la indecisión. Porque cuando los ciudadanos despiertan, la democracia se fortalece.

Y porque Colombia aún tiene esperanza… pero depende de nosotros defenderla.