“Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres”, escribió Eduardo Galeano. La frase tiene la belleza amarga de las grandes metáforas latinoamericanas y retrata a los invisibles, a los olvidados, a quienes cargan la pobreza mientras otros la convierten en discurso, campaña y privilegio. Esa es la paradoja de cierta izquierda colombiana. Dice hablar por los excluidos, pero no vive como ellos. Los invoca como causa moral, pero administra su miseria como capital político y carne de cañón.
En ese relato aparece Iván Cepeda, que intenta una pantomima de Gandhi colombiano. Sereno, con el papel en la mano, lee un discurso para invocar, desde Cali, que “con el pueblo haremos desobediencia civil”. Pero Cepeda no es Gandhi. Es un político moderno en camioneta blindada: ideológico, con partido, y reposición monetaria de votos, aliados de antecedentes cuestionables, estructura territorial y presencia mediática. No está desnudo ante el poder. Es parte de él, y lo quiere entero.
Gandhi fue quien enfrentó un imperio colonial desde la desobediencia civil con disciplina, sacrificio personal y rechazo absoluto de la violencia. Cepeda actúa, en cambio, dentro de una democracia imperfecta, polarizada y debilitada, pero esa es la democracia colombiana, una de las más antiguas e ininterrumpidas de la región. Y ahí perdió la presidencia, pero ganó una curul en el Senado. Desde allí puede oponerse, marchar, denunciar, controvertir y exigir garantías. Todo eso lo hizo, y todo eso es legítimo. La democracia no le cerró la puerta: se la abrió entera. Tuvo partido, financiación, tarjetón, y un tribunal que le contó cada mesa electoral dos veces. No desobedeció una ley injusta; acató sin coerción un resultado justo.
Gandhi mostró en qué consiste en verdad la desobediencia civil. Nunca puso en duda la legitimidad de quien lo condenaba; desobedeció la ley y asumió el precio. Eso es desobediencia civil; dar la cara, no tocar la violencia ni para defenderse, y pagar. Cepeda hace lo contrario. Se sienta a legislar y, desde el escaño que el poder le reconoce con un jugoso salario, llama a la desobediencia. Pero para invocarla y que sea legítima, debe liderarla por fuera de la institución y pagando un precio. Es decir, él y quienes no apoyan tendrían que renunciar a la curul. No van a hacerlo y hacen bien, y eso mismo prueba que no hay nada que resistir.
Pero Cepeda no está solo. Petro lo acompaña, no como ejemplo moral, ni como líder, y mucho menos como demócrata. Un demócrata acepta límites: respeta al Congreso, a los jueces, a la prensa, a la oposición y a los resultados electorales. Petro ha preferido convertir su derrota en conspiración, cada crítica en sabotaje y cada adversario en enemigo del pueblo, de los nadies.
Cepeda no es Gandhi y Petro no es demócrata y su ‘desobediencia civil’ es el nombre de una idea vieja; no saber perder. Mientras tanto, los nadies no sueñan con caudillos que hablen por ellos y los manden a las calles mientras acumulan poder en su nombre. Sueñan, como escribió Galeano, con dejar de ser nadie. Y eso hay que exigirle al nuevo presidente, no a los perdedores, sino a quien ostentará el cargo y el destino de Colombia por los próximos cuatro años.