Dicen los poetas y las grandes obras que el amor de la vida es un hallazgo fortuito, un relámpago que sacude las fibras más íntimas y engrandece el alma.

Existe una paradoja conmovedora y casi cruel en la experiencia humana: solemos buscar el amor absoluto en horizontes lejanos, en las páginas de la literatura clásica o en el celuloide de los grandes dramas, sin advertir que las raíces más profundas de nuestro sentimiento genuino suelen hallarse en el origen mismo de nuestra estirpe.

Reconocer el amor filial no solo como un vínculo de sangre, sino como la base formadora del carácter, es un acto de madurez intelectual que engrandece el ánima. He descubierto, con la lucidez que otorgan los años, que el verdadero amor de mi vida no fue un romance convencional, sino una presencia ancestral que habitó siempre mi geografía emocional. Es la ironía de un ‘amor de ensueño’ que, en mi balance más íntimo, constituye un hallazgo tardío y una partida prematura: encontré el amor tarde y se me fue temprano, a pesar de que ella transitó este mundo durante una centuria generosa. Esta revelación es el motor que hoy pone a rugir mi corazón, redefiniendo mi identidad a través del espejo de un ser excepcional que ya es parte de la eternidad. Esto, indefectiblemente, me conduce, por el sendero de la gratitud, a quien rindo merecido tributo en estas líneas: mi Mamanina hermosa.

En una sociedad contemporánea de valores líquidos y referentes volátiles, doña Ana Luisa Becerra de Arellano se erigió como un pilar de verticalidad moral inamovible. Su existencia no fue un mero transcurrir cronológico, sino una maestranza del espíritu donde se forjaron principios éticos férreos e intransigibles. Ella encarnó esa ‘sencillez provinciana’ que su amado Gerardo solía evocar con acierto, demostrando que la verdadera grandeza no necesita de estridencias, sino que reside en la magnificencia de los detalles y en la simplicidad de una vida diáfana. Su legado se cimenta en una devoción cristiana inquebrantable, un talento artístico que desafiaba el paso del tiempo y un intelecto inagotable que se mantenía vibrante ante la realidad del mundo. Esta maestría de vida no es solo un recuerdo, sino la materia prima con la que se ha construido mi propio carácter; una cátedra de ética que me obliga a blandir su nombre sin soberbia y con la responsabilidad de quien hereda un tesoro de rectitud.

La cartografía de mi memoria se ancla con fuerza en el Parque Bolívar de Buga, un escenario donde lo lúdico y lo sagrado se entrelazaban bajo su mirada vigilante. Puedo verme aún, envuelto en una prolija fantasía infantil, surcando el pavimento sobre mis ‘bólidos Chicago’, aquellos patines de cuatro ruedas que para mí eran instrumentos de vuelo. Mientras yo recorría aquel circuito señorial de Guadalajara de Buga con la intensidad propia de la niñez, ella permanecía como mi centinela constante; mi puerto seguro.

De la libertad cinética del parque pasábamos, sin solución de continuidad, a la quietud solemne de los oficios en la Basílica. Esa relación entre el juego deportivo y la fe cimentó en mí un respeto profundo por el orden y lo espiritual; fue allí, entre el ruido de los patines y el silencio místico del incienso, donde aprendí que la vida requiere tanto de alas para soñar como de raíces para creer.

Con el paso de las décadas, aquel movimiento de los patines cedió su lugar al movimiento de las ideas, transformando nuestro vínculo en una comunión intelectual de alto vuelo y gran factura. Las instrucciones de crianza maduraron hasta convertirse en tertulias inmersivas donde el tiempo parecía detenerse. En nuestra complicidad dominical, el análisis del evangelio se cruzaba con la exégesis de Cervantes o el estudio filológico de Miguel Antonio Caro y Rufino José Cuervo. Para Ana Luisa, mi oficio de jurista no era un tema ajeno; por el contrario, se interesaba con agudeza en los asuntos públicos y jurídicos del país, manifestando un orgullo profundo por mi ejercicio profesional. Estos diálogos validaron que el arte y la academia son puentes indestructibles que trascienden cualquier brecha generacional, confirmando que la vejez, cuando se navega con su lucidez, -como su Velero Azul-, es una forma superior de la juventud.

La partida de Mamanina a sus 103 años no debe ser leída como una tragedia, sino como la celebración definitiva de una vida prístina que ha alcanzado su recompensa celestial. Bajo la óptica de la esperanza cristiana, la muerte pierde su aguijón de finalidad para convertirse en un umbral. Hoy la imagino en el gozo del Padre, reencontrándose con su fiel Alfonso y abrazando de nuevo a sus hijos, Clemencia y Gerardo María.

Como bien me recordaron en este trance, "la muerte no tiene la última palabra cuando nuestra esperanza está puesta en Jesús“. Su ausencia física es, en realidad, un llamado a la acción: la obligación moral de ser mejor persona para honrar su memoria. La gratitud por haber compartido su siglo de luz debe, por imperativo del alma, superar cualquier congoja.

Al final, el compromiso de mantener vivo su legado se hace presente incluso en los rincones más vibrantes de mi cotidianidad. Mi homenaje no se limitará a la reflexión solemne, sino que estallará en la pasión popular que compartíamos: ser hinchas de la Mechita. Cada vez que juegue nuestro Rojo Escarlata y el sentimiento del fútbol me desborde, gritaré al cielo con la fuerza de quien se sabe amado: “¡Vamos, a lo biemmm, mi Mamanina Hermosa!”. Ciento tres años de grandeza son ahora mi bandera enarbolada.

Con el corazón rugiendo de gratitud y la seguridad de que su huella es imborrable, la despido con la ternura de quien sabe que el amor verdadero es sempiterno.

¡Vuela alto, mariposa!

Abrazo cálido. Seguimos pedaleando.

@muiscabogado