Cali lleva una década eligiendo estatuas de arena. Armitage nos conmovió con lágrimas y con el reparto de utilidades de su siderúrgica, beneficiada por la protección arancelaria estatal, pero el MÍO terminó en chatarra rodante y al borde de la quiebra. Ospina se reinventó ante las cámaras cambiando la camisa azul por una blanca mientras destruían la ciudad. Eder fue la versión digital, el render de una ciudad reconciliada y ordenada que todavía no llega.

El sonajero de 2027 ofrece el mismo producto en otra envoltura. El oficialismo local quiere renderizar la continuidad con aspirantes del gabinete y del entorno del alcalde, herederos de una gestión que el 67 % de los caleños calificó como mala. En su último corte, el Plan de Desarrollo apenas llegaba al 52,6 %. Infraestructura recibió este año cuatro veces y media el presupuesto de 2025 y lleva 413 de los 800 kilómetros de vías que prometió intervenir. Seguridad y Justicia recibió un 79 % más y no ha podido ni con los homicidios ni con el ruido. A Cali la gobiernan como si fuera un pueblo grande, con dependencias que no se hablan y mucho menos se coordinan.

A quien pregunta por los candidatos le responden con una consigna: ahora le toca a una mujer o a una persona negra, como si su talento necesitara esa muleta. La deuda de representación no se paga con consignas. En Aguablanca no basta con verse en el tarjetón. Allí necesitan que el bus pase, que la calle tenga andén y que los hijos lleguen vivos a casa.

La izquierda baraja nombres y confunde la protesta con un programa de gobierno. Cali todavía paga el estallido, y sus aspirantes le deben tres respuestas. ¿Qué ofrecen, además del paro y el bloqueo? ¿Se desmarcan sin ambigüedad de quienes amenazan con incendiar la ciudad cuando pierden? ¿Gobernarán con la nación o contra ella?

La derecha ni siquiera tiene candidato. No ha decidido si es oposición o continuidad, ni ha dicho cómo bajaría los homicidios, aunque hoy gobierna la nación. Calla porque le incomoda criticar al alcalde que ayudó a elegir. Murmura en privado y duda en público. Después se sorprenderá de que la ciudad no le crea.

La Alianza Verde, que gobernó Cali hasta 2023, quiere que volvamos a ponernos las gafas de la Política de la Felicidad. Detrás de su mirada ambientalista quedaron, en Jamundí, las narcogasolineras que abastecían a la disidencia y un territorio en manos del Frente Jaime Martínez, que hoy los persigue a ellos también. Quien ya gobernó no pide confianza, rinde cuentas. ¿Qué ofrece este ramillete de candidatos? Poco o nada. Roberto Ortiz, en su cuarto intento, no es nuevo.

Yo apuesto a que ganará un outsider. Ojalá llegue sin deberle su campaña a nadie y con el amor por Cali que hoy le falta a la política. Imaginemos la ciudad de 2035. Un metro que transforme el transporte masivo, vías y puentes que unan el Oriente con el resto de la ciudad, una salida real al Pacífico y un río Cauca que vuelva a ser nuestro. Colegios que resistan el próximo temblor y los sismos de la corrupción, y que le disputen a las bandas cada muchacho que hoy pierde la deserción. Monumentos que nos llenen de identidad y orgullo más allá de la salsa, en lugar de parques ochenteros que nacen viejos, sin olvidar nunca el andén del barrio. Un Centro con cables subterráneos, libre de las telarañas que cuelgan de sus postes. Un alcalde que presente cada obra con plata, fecha y responsable, y que se mida por obras terminadas, no por el tráfico de contratistas. Esa ciudad no es un sueño de campaña. Es lo que nos deben. Cali no necesita otro render que quiera ser presidente. Necesita a alguien que nos devuelva las ganas de soñar con una ciudad cívica y ordenada, y que sepa construirla cuando se apaguen las cámaras. Sobran las estatuas de cal y arena. Faltan quienes sepan construir ciudad.