La posesión de Abelardo de La Espriella como presidente de Colombia, el próximo viernes 7 de agosto en Cali, abrió una conversación que va más allá del protocolo. El hecho de que la ciudad sea el escenario del cambio de gobierno lleva a preguntarse qué significa este acto para la región.
El acto, que se realizará en la Arena USC de la Universidad Santiago de Cali, ha desplegado toda una operación para recibir una nutrida delegación nacional e internacional. Se estima una ocupación hotelera cercana al 80 %, impulsada por la llegada anticipada de invitados oficiales, equipos de seguridad y representantes de distintos sectores. Entre los asistentes anunciados figuran el rey Felipe VI de España y varios mandatarios latinoamericanos, entre ellos Javier Milei, de Argentina; Daniel Noboa, de Ecuador; Santiago Peña, de Paraguay; José Antonio Kast, de Chile y Rodrigo Paz de Bolivia. También se esperan otras delegaciones diplomáticas de la región, así como del gobierno de Estados Unidos, además de empresarios, congresistas, autoridades civiles y militares y el gabinete entrante, en el que, por ahora, no hay representación vallecaucana. El presidente saliente, Gustavo Petro, y sus ministros, así como la bancada del Pacto Histórico, anunciaron que no asistirán a la ceremonia.
Cali ha concentrado las miradas del país y del exterior y esa visibilidad representa una oportunidad para mostrar una ciudad distinta a la que con frecuencia ocupa los titulares por la violencia o la polarización. Y puede ser la oportunidad para que el foco esté sobre una región con capacidad empresarial, vocación industrial, riqueza cultural, liderazgo académico y una ubicación estratégica sobre el Pacífico.
Es imposible ignorar el simbolismo político que tiene este acto, teniendo en cuenta el amplio respaldo en las urnas al Pacto Histórico; en segunda vuelta, Abelardo De la Espriella obtuvo 443.047 votos, frente a los 682.166 de Iván Cepeda. Por eso, la posesión en Cali ha sido leída para muchos como una provocación, mientras que, para otros, como una oportunidad de escribir una nueva página que, lejos de alimentar nuevas divisiones, nos recuerde que uno de los principios esenciales de la democracia exige gobernar para quienes lo eligieron y también para quienes pensaron distinto.
Quizás por eso la conversación ha ido dejando de lado el debate sobre la conveniencia de que la posesión se realice en Cali para concentrarse en un asunto mucho más importante: ¿qué espera realmente esta región del nuevo Gobierno?
La seguridad aparece como la prioridad casi unánime, a todo nivel. Comerciantes, gobernantes, gremios y ciudadanía coinciden en que recuperar la tranquilidad es fundamental, en una ciudad y en una región que representan tanto para el país pero que a la vez urgen de mayor apoyo y compromiso para la inversión, el empleo y la confianza. Una ciudad segura atrae empresas, impulsa el turismo, fortalece el comercio y mejora la calidad de vida.
Junto a esa preocupación aparecen otras demandas largamente aplazadas: respaldo decidido a proyectos estratégicos como el Tren de Cercanías, una intervención más efectiva en Buenaventura, seguridad y presencia en el Cauca, y una agenda clara para fortalecer la salud pública, la educación y la infraestructura regional.
Cali y el Valle del Cauca aportan de manera significativa al desarrollo de Colombia y esa contribución merece mayores compromisos que también deben extenderse a otras regiones del país; gobernar más para las regiones es indispensable en un país con tanto potencial y a la vez con tantas necesidades. Ojalá para Cali el 7 de agosto sea recordado mucho más que por el lugar donde se realizó una ceremonia; ojalá sea el inicio de una oportunidad para sanar heridas y sembrar esperanza.
@pagope